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No es lugar para el hombre

Remoto, vacío y barrido por el viento, el archipiélago de St. Kilda, en las Hébridas Exteriores de Escocia, estuvo una vez habitado. La primera película importante de Michael Powell, The Edge of the World, captura de manera dramática la historia del abandono de las islas.

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Conforme nos acercamos a St. Kilda, da la impresión de estar llegando a la Isla de los Muertos, un cilindro inclinado de roca negra que se eleva desde el mar plomizo, cubierto por nubes oscuras tan densas y pegadas a la cima que se teme que estén allí de forma permanente, colocadas como si fueran una corona inamovible y onerosa. El viaje hasta St. Kilda no ha sido fácil. En primer lugar, tuve que esperar en la ciudad de Portree –en la isla de Skye, que se encuentra junto a la costa occidental de Escocia, unos 400 kilómetros al noroeste de Edimburgo– a que se dieran las condiciones meteorológicas favorables para el viaje en barco, que se canceló tres días consecutivos. Las condiciones cambiaron, como por arte de magia, el último día que podía quedarme en la isla antes de volver a Londres. Sin ese rescate de última hora, habría tenido que volver el verano siguiente para visitar el archipiélago de St. Kilda, que se encuentra unos 160 kilómetros más lejos en dirección oeste. Y en Skye, para que haya “condiciones meteorológicas favorables” no es suficiente con que deje de llover a cántaros. Aquí esta frase tiene un significado más oscuro. Depende de dos cosas: de la “velocidad del viento”, que es algo que no necesita explicación una vez que te lo señalan, y de la “marejada” o el estado de la superficie del mar, que es el que determina que una barca pueda atracar en la bahía de Hirta, la isla más importante del pequeño archipiélago de St. Kilda.

St.Kilda
En las Hebridas, donde abundan las piedras, son típicos los muros de piedra seca.

Llueve a lo largo de toda la mañana cuando cojo el taxi que me llevará hasta Uig, el puerto desde el que zarpan los barcos que van a St. Kilda. Durante las primeras tres horas de la travesía, que dura un total de cuatro, la lluvia no deja de arreciar. El mar está picado –al navegar da la sensación de que las olas elevan el barco a una altura de varios pisos para después estrellarlo con fuerza contra la base. ¿Quién habría pensado que chocar contra el agua pudiera resultar tan violento? El patrón del barco, Derek Gordon, sonríe con calma durante el pasaje, como si esto fuera un tranquilo paseo por un pulcro jardín inglés en una cálida noche de verano.

Su ayudante, también sonriente, va de un lado a otro del barco repartiendo caramelos de jengibre entre los que tienen que combatir el mareo. A medida que avanzamos hacia el oeste, la ruta se dibuja ante nosotros: a través del estrecho del Minch para llegar hasta el brazo de mar conocido como Sound of Harris, que separa dos de las Hébridas Exteriores, North Uist a la izquierda, y Harris y Lewis a la derecha. En la diminuta isla de Berneray, cerca de North Uist, nos detenemos para recoger a más pasajeros. Estoy sentado en la parte delantera –una precaución arraigada desde la infancia a partir de la suposición, probablemente errónea, de que existe una relación entre la cercanía al conductor y el mareo– así que estoy casi pegado al tablero del sonar. En él se ven múltiples líneas que representan, según me explican, las rutas que ha seguido el barco en viajes anteriores.

St.Kilda
En las Hébridas Exteriores apenas hay árboles, pero en las Hébridas Interiores es posible el crecimiento de grandes coniferas como esta.

Mi sentido de la perspectiva, que normalmente no es muy agudo, está ahora tan trastocado que cuando escudriño el mapa no consigo relacionar las señales del mismo con los territorios que representan en realidad. ¿Eso es Pabbay? No, sólo es una roca que se asoma momentáneamente sobre el agua. Cierto, pero esa isla tan grande que se ve a la izquierda tiene que ser Harris, ¿verdad? No, es una minúscula isla deshabitada llamada Shillay.

Durante gran parte del viaje, es casi imposible ver algo a través del agua que resbala sobre las ventanas. El mal tiempo estropea un poco la emoción anticipada de aproximarnos a un lugar que es muy semejante al paraíso, hermoso, inmaculado, y al que llegar es, si no imposible, al menos muy difícil. ¿Podremos ver algo a través de este entelado de lluvia y este cúmulo de nubes? A medida que nos aproximamos a St. Kilda, da la sensación de que las islas se disuelven en la lluvia. Y entonces vuelve a darse un momento mágico: la lluvia amaina, la parte baja de las nubes empieza a deshacerse en penachos de vapor denso, y el peñasco negro de la isla de Hirta se revela de pronto de un color verde exuberante.

El archipiélago de St. Kilda, que es propiedad del National Trust of Scotland y ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, está en el confín de las Islas Británicas: hacia el oeste, el Atlántico Norte se extiende de manera ininterrumpida hasta Terranova. La isla principal, Hirta, estuvo habitada hasta 1930. Más allá de la aldea principal reconstruida, que es solo una hilera de apenas media docena de casas, la isla está salpicada de cientos de cleits, las chozas de piedra con tejado de turba que se utilizaban para el almacenaje y que son típicas del archipiélago de St. Kilda. Los islotes de Soay, Dun y Boreray que rodean a Hirta, al igual que los farallones que sobresalen del agua en los estrechos entre las islas, que aquí reciben el nombre de stacks, no han estado habitados nunca, aunque se les daba uso como zona de pasto para ovejas (soay significa “isla de ovejas” en nórdico antiguo) y de captura de aves y recolección de sus huevos. No hay árboles –¿hay algún ser que pueda sobrevivir el golpeo constante de los vientos del Atlántico Norte, por todos los flancos y durante todo el año?– pero todos los años el archipiélago se convierte en el área de anidación más importante del noreste de Europa para casi un millón de aves marinas. Aves como los alcatraces, los petreles, los frailecillos, los págalos, los fulmares, las pardelas y los araos. Es más fácil imaginarse este lugar si se tienen en cuenta algunas cifras: Hirta tiene una superficie de unas 650 hectáreas, pero aquí están los acantilados más altos del Reino Unido (Conachair, el más alto, tiene 425 metros de altura).

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Una cabina telefónica solitaria destaca en una carretera vacía cerca de Carsaig Bay, en la isla de Mull, el lugar donde Michael Powell y Emeric Pressburger rodaron su película Sé a dónde voy. La belleza hostil de las Hébridas fue una fuente de inspiración para Powell.

No es difícil darse cuenta de cuál fue el atractivo de St. Kilda para el director británico Michael Powell, que se inspiró en la isla para crear su primera película importante, The Edge of the World (1937), rodada cuando tenía 30 años. Powell, nacido en 1905, es uno de los pocos cineastas de prestigio que ha dado Gran Bretaña. Comenzó su carrera como ayudante de directores como Alexander Korda y Alfred Hitchcock (del que sería amigo hasta su muerte). Contratado como director de plantilla por la productora de Korda, London Films, Powell coincidió por vez primera con el guionista Emeric Pressburger en la película El espía negro (1939). No tardarían en formar un equipo de producción llamado The Archers, que colaboró hasta finales de los años 50. La sociedad Powell-Pressburger produjo clásicos del cine británico de mediados de siglo: Vida y muerte del coronel Blimp (1943), A vida o muerte (1946), Narciso Negro (1947) y Las zapatillas rojas (1948). Sus filmes causan con frecuencia una honda impresión, y están profundamente imbuidos de un sentido mágico del lugar. Cineastas como Martin Scorsese y Francis Ford Coppola han afirmado que Powell es uno de los directores que ha influido en su carrera artística.

The Edge of the World, escrita y dirigida por Powell en la época anterior a su encuentro con Pressburger, es una ficción que narra los acontecimientos reales que llevaron a la evacuación de Hirta. En 1928, toda la población de la isla, que nunca había superado los 200 habitantes, se había reducido a 37, la mitad de los que había tenido ocho años antes. Las enfermedades, la malnutrición, el aislamiento, el desgaste de la vida diaria, la desaparición de la turba de la isla (la principal fuente de calefacción), la pérdida de cosechas debido al vapor de agua salada del Atlántico traído por los vientos… Todos estos factores contribuyeron a que la isla acabara por abandonarse. En 1930, los últimos habitantes que quedaban fueron evacuados –a petición propia, ya que su antigua forma de vida ya no era sostenible–, y establecidos en la región de las Tierras Altas escocesas. Debió haber sido difícil rodar una película en una remota isla de Escocia barrida por el viento y azotada por la lluvia (de hecho, Powell no consiguió permiso para filmar en St. Kilda, así que rodó su película en Foula, una de las islas Shetland que se encuentra a unos 400 kilómetros en dirección noreste). Me mareo solo de pensar en la organización del transporte del equipo y de los aparatos. Pero probablemente fue la historia de la evacuación de St. Kilda lo que hizo que las Hébridas fueran un lugar tan atractivo para Powell. Casi 10 años más tarde, se aventuró con Pressburger a la Isla de Mull, un lugar más cómodo para el rodaje situado en las Hébridas Interiores y donde se filmó la película Sé a dónde voy.

The Edge of the World es la historia de dos familias: los Manson (el padre, Peter, y sus dos hijos adultos, Ruth y Robbie) y los Gray (Andrew y su padre, James). La película presenta una simple dinámica de opuestos: Robbie tiene puesta toda su energía en abandonar la isla y su forma de vida, que considera que se está extinguiendo, para trasladarse al ancho mundo (en este caso, a Noruega), mientras que los sentimientos de Andrew, su mejor amigo que es también el novio de Ruth, son más ambivalentes. Peter Manson se opone implacablemente a la ambición migratoria de su hijo. Los dos amigos hacen una apuesta: el primero que consiga escalar el acantilado más difícil, sin cuerdas, será el que tome la decisión de marcharse o quedarse. Ni que decir tiene, se produce la tragedia. Todo esto sucede antes de llegar a la mitad de la película. El resto del filme es la versión local de una de las historias más antiguas del mundo: la extinción de un modo de vida insostenible y su capitulación ante otro. Pero el cambio es la única constante en esta tierra, tal y como han apuntado los escritores a largo de los siglos: también Powell conocía muy bien esta verdad.

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Los habitantes de la isla eran escaladores expertos; sus vidas dependían de ello, ya que la carne de las aves marinas y sus huevos eran la principal fuente de proteínas, y los pájaros anidaban en precipicios y terrenos peligrosos. La gente trepaba a los acantilados con cuerdas, a menudo en cordadas de varias personas; los niños eran perfectos para esta tarea porque no pesaban mucho. Las tragedias eran frecuentes. El reverendo Donald John Gillies nos ha dejado un relato de primera mano sobre la captura de los araos en la primavera de 1918: Estas aves se encuentran en Stac Birroch, cerca de la isla de Soay, [y] en Stac an Armin, en Boreray… Con el método utilizado para la captura de esta ave, hay que intentar vestir del color más similar posible al de las rocas. Escoges una cornisa y te tumbas a pasar la noche en ella… Esta fue mi primera experiencia en este tipo de la captura de los araos y recuerdo que estaba un poco asustado. Aproximadamente una hora antes del amanecer los pájaros volaban a la cornisa.

Si asusta la idea de pasarse la noche entera aferrado a una cornisa en Boreray, ¿qué pasa cuando leemos este relato sobre la captura de alcatraces en la época del padre de Gillies en Stac Lee, un islote escarpado de casi dos hectáreas y media de extensión cerca de Boreray?

Pero atracar en Stac Lee no es tarea fácil; el mar tiene que estar en calma total. Hay una roca con un clavo al que hay que amarrar una cuerda. Después, si se ha conseguido pasar la cuerda alrededor de este, es posible saltar hasta la cornisa. Esta es la única manera de atracar en Stac Lee. Para poder capturar los alcatraces, hay que hacerlo de noche.

Al final de la película, tanto Robbie como su padre han fallecido a causa de una caída mientras escalaban los peligrosos acantilados de Hirta. Peter, que en una reunión del pueblo se había opuesto a la propuesta de Robbie de abandonar la isla tal y como el quería, se ha resistido tenazmente a las presiones para labrarse una vida mejor y más fácil fuera de la isla. Cuando le resulta imposible resistirse a las presiones, finalmente da su brazo a torcer. Pero en el último momento decide escalar un acantilado para coger un huevo de arao que vender a un coleccionista. A medida que se sube, la cuerda se deshilacha y acaba por romperse, provocando la última muerte de la película, con una fuerte carga metafórica: las formas de vida tradicionales tienen que claudicar; han dejado de ser viables. A pesar de la añoranza palpable de esa mirada de regreso a las crueles condiciones de vida antiguas de la isla, las simpatías de Powell están del lado del nuevo orden. La narración muestra con una elocuencia sobria y dramática los estragos de los que eran presa los habitantes de la isla. Esa combinación de belleza sobrecogedora –y frecuentemente sombría– y aislamiento magnífico y aterrador, junto con la idea imperecedera de la muerte inevitable del antiguo orden para dejar paso al nuevo –un tema elocuente de por sí–, habrían resultado irresistibles para un joven cineasta. Se tiene la sensación de que la mera fuerza de los aspectos visuales –todo el dramatismo inquieto y cambiante del viento, los cielos, el agua y las rocas– puede haber sido un factor decisivo a la hora de decidir hacer esta película.

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Algunas de las casas de la aldea de Hirta –todas las de una breve calle– han sido restauradas, mientras que otras se encuentran en ruinas. Detrás de la aldea se encuentran los edificios más distintivos : los cleits, semejantes a iglús con tejados de piedra cubiertos de turba, donde ahora crece la hierba y el musgo. Estas chozas techadas de verde dan la sensación de haber salido de un cuento de los hermanos Grimm. Se construyeron para el almacenamiento de objetos y productos muy variados que eran indispensables para los habitantes de la isla: grano, cuerdas, salazones de aves marinas, pescado curado, turba o huevos de aves marinas. Algunos de los cleits, especialmente los que están cerca de la aldea, tienen una apariencia más o menos intacta –¿los habrán arreglado para los turistas?– pero la mayoría de ellos, desperdigados por toda la isla (Hirta tiene unos 1400), se encuentran en distintas fases de deterioro: algunos no son más que un montón de piedras de las que la hierba se apodera en lo que acabará por ser una victoria de la vegetación.

Esa combinación de belleza sobrecogedora y aislamiento aterrador habrían resultado irresistibles para un joven cineasta.

Subo por la ladera empinada que hay detrás de la aldea principal para ver lo que hay al otro lado de la colina. Parece la ladera más húmeda y pantanosa del mundo, con decenas de regueros de agua de lluvia que se entrecruzan, transformándolo todo en un revoltijo de barro y excrementos de oveja.

Normalmente, la forma más eficiente para ir de un sitio a otro no es la línea recta, sino un rodeo zigzagueante que se toma para evitar enfangarse hasta los tobillos. Me giro con frecuencia para contemplar la curva amplia de la bahía, con las casas convertidas en casas de juguete a medida que uno se aleja.

Las piedras de los cleits en ruinas comienzan adquirir una apariencia natural, como si hubieran sido puestas allí por fenómenos geológicos, y no por la intervención humana. El sol sale y transforma la bahía en un espejo cegador. Me empuja hacia arriba la ilusión de que una vez que llegue a la cima visible, encontraré otra cresta u otra colina, o al menos una pendiente suave hacia el mar. Pero cuando llego a mi destino, me encuentro en la cresta de un risco entre las colinas de Conachair y Oiseval; no hay nada que me haya hecho anticipar esta pared abrupta y vertical que desciende hasta las aguas que separan a la Isla de Hirta de Boreray y sus stacks. Es una visión vertiginosa; nada más llegar al borde, se hace necesario alejarse hacia atrás. El tramo hasta Boreray tiene el mismo azul que el de los mares de los cuentos infantiles. La temporada de nidificación acabó hace dos semanas, pero a esta distancia, y sin prismáticos, no hubiera podido ver las colonias de alcatraz común abarrotadas de aves.

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Una situación hipotética: si los habitantes de St. Kilda hubieran tenido acceso a mejores servicios de comunicación, atención sanitaria en la isla, y otro tipo de servicios e infraestructuras, ¿seguiría habitada la isla en la actualidad? Lo irónico es que la isla está habitada, y lleva estándolo de manera ininterrumpida desde hace 60 años. Desde el año 1957, hay aquí una base militar del Ministerio de Defensa británico. En la actualidad, el funcionamiento de la base está a cargo del contratista de defensa multinacional QinetiQ, que la utiliza principalmente como puesto avanzado de seguimiento por radar. A medida que el barco se acerca a Village Bay, la única parte de la costa de Hirta donde se puede atracar, y después de contemplar las espectaculares vistas abiertas, la mirada se posa a regañadientes en detalles de menor tamaño, como son los cubos chatos y prefabricados de color verde oscuro que se apiñan en el puerto. Los elementos que afean la vista se multiplican. Si las nubes se levantan lo suficiente, se pueden ver las antenas de los radares en lo alto de Mullach Mor. Hay una carretera que lleva hasta la estación de radar y por la que circulan (según puedo observar) camiones del ejército en ambos sentidos. Hay dos helicópteros que aterrizan y despegan de una parcela nivelada justo al lado de la playa. Los materiales de construcción se apilan en montones de baja altura desperdigados por todas partes. Podría decirse que esta afrenta a la belleza de la isla ocupa solo una pequeña parte de la misma junto al muelle, aunque queda justo enfrente de la vista a la llegada y puede verse a vista de pájaro al bajar desde las colinas. Pero es preciso darse cuenta de algo: la mayoría de las fotos de la isla ignoran con disimulo este borrón antiestético. Un disimulo que también los visitantes se esfuerzan en aplicar cuando toman sus propias fotografías del lugar. De las 88 imágenes que tomé ese día, sólo hay cinco en las que me haya visto obligado a incluir algún fragmento incompleto de ese puerto ensuciado por las construcciones prefabricadas: algo inevitable porque es imposible tomar grandes panorámicas de algunos de los paisajes sin que se cuelen esos adefesios por las esquinas. Gran parte del tiempo que he dedicado a tomar fotografías lo he empleado en mover el teléfono de arriba abajo y hacia los lados para intentar esquivar esas estructuras que arruinan el paisaje.

¿Puede pensarse que el impulso que se esconde tras esta especie de purismo es un tipo de autoengaño? Después de toda la incertidumbre y el esfuerzo del viaje, y después de batallar contra las inclemencias del tiempo, ¿por qué arruinar las fotografías de este remoto rincón del paraíso? ¿No sería ese otro tipo de impostura?

Fotografía Mitch Epstein