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El zapatero prodigioso

Se formó (y trabajó) como abogado en su Argentina natal. Pero descubrió la felicidad cuando lo dejó todo para hacerse zapatero. Y no uno cualquiera, sino uno de los mejores del mundo.

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Norman Vilalta
Norman Vilalta, fotografiado el pasado 13 de junio en el comedor de su casa de Barcelona.

«Norman Vilalta, en Barcelona, es uno de los más grandes talentos de la zapatería internacional que hay ahora mismo en el mundo”. Son palabras del francés Hugo Jacomet, una autoridad en elegancia masculina, autor de los libros The Parisian Gentleman y The Italian Gentleman y responsable del blog de sastrería y calzado The Parisian Gentleman, en el que perfila las claves del estilo y la elegancia masculina. El mismo arrobo por las creaciones de Vilalta desprenden las palabras de otro experto internacional en elegancia masculina, Mircea Cioponea, responsable del blog de estilo Claymoor’s List, para quien sus zapatos “son más que zapatos: la expresión de un concepto artístico”. Y como tales obras de arte pueden considerarse unos zapatos que, en su máxima expresión de manufactura artesana, pueden llegar a costar siete mil euros, todo hecho a mano y en piel de cocodrilo. Algo han visto también en él los editores de The Monocle, que han incluido su pequeña tienda/taller del número 5 de la calle Enric Granados –en el barrio barcelonés de L’Eixample– dentro de su exclusiva guía mundial de tiendas The Monocle Guide to Shops, Kiosks and Markets. Quien entre allí –curiosear es gratis– y tenga capacidad de asombro podrá ver piezas únicas de diseños incomparables. No es sólo que sus zapatos sean hermosos –tan hermosos como los que más, de fabricantes tan renombrados como la italiana Berluti, la francesa Maison Corthay o la inglesa George Cleverley–, es que su investigación zapatera asombra a colegas de profesión, como Sonia Sánchez Alba, actual responsable de diseño de la línea de calzado de mujer de Massimo Dutti –una de las marcas del poderosísimo grupo empresarial Inditex– y que en el pasado ha trabajado también para Giorgio Armani o fabricantes españoles de prestigio internacional como Acosta o Castañer: “Norman ha hecho saltar en mil pedazos los moldes del patronaje tradicional de la elaboración de zapatos; los suyos tienen una complejidad de ejecución invisible, para ofrecer una comodidad y una ligereza insuperable. Norman juega en una liga en la que no juega nadie más”, asegura la diseñadora abulense.

Efectivamente, Vilalta orbita en otra dimensión, una ajena al devenir de las modas. No compite por producir más, sino por producir mejor. Ni le importa que su nombre sólo sea famoso en el ámbito de los connoisseurs (entre los que figuran personajes como Jaime de Marichalar o el mago de la cocina Ferran Adrià). Es una estrella, aunque, como sucede con muchas estrellas de las del Universo, sólo le conozcan los que se interesan por mirar al infinito.

Norman Vilalta
El rincón favorito del diseñador argentino, donde acostumbra a leer. La vivienda, de techos muy altos, recibe luz natural por todas partes.

Norman Vilalta nació en Puerto Madryn, en el noreste de la Patagonia argentina, hace cuarenta y ocho años. Se trasladó a Buenos Aires para estudiar Derecho. Le hubiera gustado ser cirujano –“por mis habilidades manuales”, dice–. Pero, en realidad, lo que quería era cambiar el mundo. “Cuando veía una injusticia, quería cambiar las cosas –asegura–. Y terminé metiéndome a estudiar derecho, por amor a la justicia”. Sin embargo, las cosas no fueron como él esperaba. “En el último curso me dediqué a pintar como un desesperado y a beber vino –recuerda–. Me había dado cuenta de que para ser abogado lo que te tiene que interesar es la pasta y el poder y a mi el poder no me interesó tanto como para convertirme en político. Estuve en un tris de dejar la carrera; si no lo hice es porque mi familia había hecho un gran esfuerzo para que estudiara. Fui abogado, pero era infeliz, y todo eso me llevó a la búsqueda interior de qué tenía que hacer para ser feliz. Pasé así cinco o seis años de trabajo, de búsqueda interior constante, hasta que entendí que los zapatos artesanales eran mi camino”.

La sencillez domina todos los rincones de la vivienda, decorada con obras de la artista neoyorquina Allison Malinsky, su mujer.

Lo que nunca había comentado, hasta ahora, es por qué se decidió por la zapatería y no encauzó su habilidad manual por la escultura… o la carpintería… “Yo tenía habilidad: a los siete años ya dibujaba un lobo en tres dimensiones, mientras que mis compañeros de clase lo hacían con un círculo y tres dientes. Hacía esculturas y podía hacer tu cara. Y era tu cara, no algo parecido a… Y también notaba que a mi me llegaba la belleza, pero nunca había pensado que me gustara ser zapatero… De hecho, mi creatividad la había pensado canalizar, inicialmente, hacia el diseño industrial. ¡Mira, esta es la primera vez que pienso en ello! En un viaje a Nueva York que hice en 1997 me compré tres pares de zapatos que eran completamente distintos a los que se veían normalmente en Argentina. Lo distinto de esos zapatos era lo que me atraía de ellos. A raíz de aquello me puse a hacer un curso de patronaje de zapatos y encontré un libro, Zapatos de caballero hechos a mano [de Laszlo Vass y Magda Molnár, en Konemann Publishers Staff], y pensé que eso era lo que buscaba. En ese libro se describía cómo están hechos los zapatos artesanales y me cautivó completamente. Ahí había una reseña de talleres de zapatería artesanal a medida en el mundo y una foto pequeñita de un diseño de Berluti, tan bonito, que me dije que yo quería hacer eso”.

Norman Vilalta
Norman Vilalta en su salón junto a su mujer, la artista neoyorquina Allison Malinsky y su perrita Goya.

El “viaje” más largo de su vida fueron los mil metros que separaban los tribunales del taller de zapatería artesanal Correa Bottier.

La sencillez es la nota dominante en la casa del zapatero argentino Norman Vilalta, que se encuentra en Fort Pienc, entre los barrios barceloneses del Eixample y el Born. De techos altos, las paredes blancas están decoradas con cuadros escultóricos realizados por su mujer, la artista neoyorquina Allison Malinsky. La atmósfera es bastante más zen que la que desprenden sus zapatos, que no es que sean barrocos, pero sí resultan llamativamente diferentes a los zapatos que solemos ver en los pies de la gente: por color, por textura, por diseño, por estructura. Está claro que la grisura que uno asocia con la personalidad de un abogado no casa con la del argentino. De hecho, su carácter afable tampoco guarda relación con la imagen arrogante que uno tiene de los argentinos… “La mitad de Argentina son porteños, porque la mitad de la población del país vive allí –explica–.

Norman Vilalta
Norman Vilalta, en su taller, trabajando en un zapato.

Las provincias, en cambio, son completamente distintas. Te vas al norte, y solamente ves humildad en la gente; me refiero a su carácter: son divinos. En Córdoba son muy graciosos inteligentemente graciosos. Los porteños, efectivamente, tienen una gran arrogancia que viene de un complejo de inferioridad: todos son nietos de italianos, españoles o franceses, que llegaron a un país rico que les ofrecía muchas posibilidades de hacer cosas. Alrededor hay países increíbles: Uruguay, Paraguay, Chile, Bolivia, Perú… a los que se mira con la arrogancia de ser un país más ‘desarrollado’. Yo soy de Puerto Madryn, al norte de la Patagonia, una ciudad chiquita”. El gran salto que dio al salir de su localidad natal para estudiar en Buenos Aires, distante algo más de mil trescientos kilómetros, se quedó en nada con el salto que dio el día que decidió abandonar la abogacía. “Yo no llegué a entrar en política –recuerda–, pero un amigo mío sí, y llegó a ministro de Economía en el gobierno de Néstor Kirschner. Yo tendría treinta o treinta y un años cuando un día hice el viaje más largo de mi vida: los poco más de mil metros que separaban los tribunales en los que estaba trabajando, de la calle Mario Bravo, en donde estaba Correa Bottier, un taller de zapatos artesanales, y les dije que quería aprender.

Norman Vilalta
Un pez de cerámica realizado por Alison, la esposa del zapatero.

El dueño me dijo que no me podía enseñar, que el taller no era una escuela, que siguiera siendo abogado, porque me iría mejor, pero que si quería, que me pasase por ahí, para ver cómo trabajaba. Y eso fue lo que hice: me pasaba los sábados por el taller y empecé a ayudar a hacer alguna cosa y me terminé de convencer de que eso era lo que quería hacer. Luego encontré un recorte del taller de artesanía de Stefano Bemer y me fui a buscarle allí, a Florencia”.

En dieciséis años se ha convertido en una referencia internacional en el sector, un tiempo en el que las cosas han cambiado bastante. “Yo estoy transformando el zapato para tratar de encontrar el Oxford [el modelo más clásico y elegante de los zapatos de estilo británico] del siglo XXI –asegura–. Y eso pasa por estudiar las nuevas tecnologías y los nuevos materiales y estructuras. La idea del zapato inglés no ha cambiado en doscientos años: es de la época en la que comenzó la industrialización y en la que la gente tenía apenas dos pares de zapatos. Y la forma que se tenía entonces de que duraran veinte años era que fueran ‘de piedra’. Había que amoldarlos. Un Church’s te puede llevar entre tres y seis meses amoldarlo. Esa es, actualmente, una idea equivocada. Hoy vas en zapatillas, que son mucho más cómodas. Y no se tienen dos pares de zapatos, sino veinte o cincuenta, incluso entre los consumidores de producto de alto lujo. Un zapato hecho de piedra ya no tiene sentido: por eso me pasé dos años trabajando en la idea para modificarlos y que mis zapatos sean ligeros y cómodos. Mi producto más artesanal no es el más manual de todos, pero sí es el que más inteligencia tiene”.

Norman Vilalta
Los suelos de terrazo hidráulico originales de la vivienda se han conservado en la reforma que realizó Vilalta al instalarse en Fort Pienc, entre los barrios de L’Eixample y el Born.