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En lo alto de la torre

En Ciudad de México, un arquitecto construye para su madre, la fotógrafa Graciela Iturbide, un estudio desnudo e iluminado por el sol que rinde homenaje al amor de ésta por las luces y las sombras.

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En una calle colonial, y apartada de Coyoacán, una demarcación con un rico patrimonio histórico en el centro de Ciudad de México, una torre de ladrillo de tres pisos se eleva sobre las casas bajas de adobe de este barrio laberíntico. La luz del atardecer otoñal tiñe la fachada del edificio –porosos muros de ladrillos colocados perpendicularmente dejan pasar la luz y el aire desde el exterior, pero protegen el interior de las miradas– de color siena quemado. Es el Studio Iturbide, el último proyecto de la firma de arquitectura Taller / Mauricio Rocha + Gabriela Carrillo, construido para la madre de Rocha, la fotógrafa Graciela Iturbide. Los retratos de la artista, famosa por sus imágenes de mujeres curtidas por el sol en los pueblos de Oaxaca, están en las colecciones permanentes del Getty Museum de Los Ángeles, el Centre Pompidou de París y el Brooklyn Museum.

Iturbide, que tiene 75 años, nos espera junto a la puerta. Es una mujer pequeña de piel blanca con el pelo corto, negro y ondulado. “Mauricio llegará pronto”, dice cuando entramos en su enorme espacio de trabajo, construido con poco más que ladrillos rojos y paneles de vidrio enmarcados en madera. Los arquitectos crearon un gran número de maquetas antes de ponerse de acuerdo en el diseño actual: tres estancias de casi tres metros de altura y 28 metros cuadrados amontonadas una encima de la otra, y dos patios rodeados de ladrillo en el primer piso y decorados con cactus y otras plantas de la región, que son la única interrupción visual de los tonos terrosos y las rigurosas líneas de la casa. Las paredes de ladrillo del interior tienen muy poca decoración, a excepción de la que ofrece la luz solar al desplazarse a lo largo del día.

Subiendo las amplias escaleras de madera, ensambladas por soportes invisibles de acero y que parecen flotar suspendidas, Iturbide nos conduce hasta el piso superior del edificio, atravesando la sala de estar del segundo piso y el salón del primero, donde hay una lámpara de papel de Isamu Noguchi y un sofá bajo modernista. “Este es mi estudio, aquí es donde trabajo”, dice abriendo los brazos para enmarcar el espacio diáfano de 30 metros cuadrados iluminado por el sol que atraviesa dos ventanales del tamaño de la pared. Aquí, en una mesa de roble de casi tres metros, Iturbide edita sus fotografías. Los archivos de 40 años de trabajo se almacenan en cajas planas y negras, en estanterías de madera hechas a medida que se elevan a ambos lados de la mesa. “El espacio interior es muy importante para mí y para mi trabajo”, dice la artista. “Muchas veces necesito estar sola”.

Graciela Iturbide
Iturbide en la terraza del estudio que su hijo Mauricio Rocha codiseñó para ella.

Esta no es la primera vez que su hijo diseña un edificio para ella: al otro lado de la calle está la casa donde vive, una estructura de adobe de color crema que Rocha construyó en 1991, cuando tenía 25 años y acababa de licenciarse en arquitectura. En 2014, en busca de más espacio (y queriendo liberarse de sus pertenencias), Iturbide compró una parcela vacía y pidió a su hijo que la construyera. Su única condición fue que tenía que estar hecha de ladrillo: “Lo que quería era estar tranquila en mi estudio –dice Iturbide–. Le di libertad total”. El resultado, que se completó al cabo de dos años, es una combinación de cuatro tipos distintos de ladrillo –fabricados artesanalmente en Puebla, una ciudad famosa por su cerámica– y tzalam, una madera dura tropical del sur de México con mucho grano. Iturbide llama al edificio su “pequeña fábrica de ladrillos”.

Iturbide nació en Ciudad de México, la mayor de 13 hijos de una rica familia católica conservadora. Ella quería ser escritora, pero su padre se lo prohibió, y con 19 años se casó con un arquitecto, Manuel Rocha Díaz, con el que tuvo tres hijos durante los ocho años siguientes: Manuel, que es compositor; Mauricio, el arquitecto; y Claudia, que murió repentinamente a los seis años.

Graciela Iturbide
Una de las paredes del edificio compuesta por grandes ventanales con marcos de tzalam, una madera dura tropical.

Después de la muerte de Claudia, Iturbide se divorció de su marido y se inscribió en la escuela de cine de la Universidad Nacional Autónoma de México. Allí conoció a un profesor, Manuel Álvarez Bravo, que se había convertido en uno de los fotógrafos más importantes de América Latina, y cuyas imágenes documentaban el trabajo de otros artistas. “Abrió mi vida a otras cosas –dice– y con él llegué a conocer México”. A los 30 años, cuando abandonó el cine para dedicarse a la fotografía, se enamoró de las culturas indígenas y pasó temporadas de varias semanas viviendo entre las mujeres zapotecas de la ciudad de Juchitán, en la costa sur de México. A Iturbide le atraía “el carácter de las mujeres, su independencia y la manera en que manejaban la economía”, y comenzó a documentar sus rutinas diarias. Fue en Juchitán donde desarrolló su estilo personal, fotografiando primeros planos en blanco y negro con mucho contraste que capturaban las actividades cotidianas de sus habitantes: visitando el mercado, bebiendo cerveza… Su fotografía Nuestra Señora de las Iguanas (1979), en la que retrata a una mujer zapoteca con siete iguanas vivas sobre la cabeza, se ha convertido en una de las imágenes más emblemáticas de México.

Mientras Iturbide habla sobre las mujeres zapotecas, su hijo se sienta silenciosamente a su lado. Tiene 52 años, el pelo corto y una complexión fuerte. Escucha con atención a su madre y, de vez en cuando, le roza el hombro con suavidad. “La relación con mi madre siempre ha sido algo fundamental”, dice después. “Hablamos sobre nuestro trabajo e intercambiamos ideas sobre nuestra forma de ver el mundo”.

En la universidad, Rocha tenía prejuicios contra la arquitectura, dice, “porque generalmente es un negocio para hacer dinero, y porque hay muchas matemáticas”. Al final, sin embargo, acabó interesándose por la naturaleza espacial de esta disciplina, por la forma en que, a diferencia de otras actividades creativas, se ocupa sobre todo de “la luz y el espacio”, una frase que repite a menudo. Es una filosofía inspirada directamente por la obra de su madre: “Me interesa conseguir que los edificios funcionen como un diafragma para controlar la luz”, dice.

Graciela Iturbide
En la sala de estar, una lámpara de Noguchi cuelga sobre varias macetas con plantas autóctonas. El cuadro es obra del artista cubano José Bedia, y la silla de los años 30 es del norte de México.

De hecho, al igual que esta casa, los principales encargos de Rocha –como por ejemplo la Escuela de Artes Plásticas de Oaxaca (2001) y los Juzgados Oral-Penal de Pátzcuaro, en Michoacán (2015)– tienen largos corredores exteriores que discurren entre patios acristalados e imponentes paredes de piedra volcánica, ladrillos o azulejos, a menudo agujereados para impedir o permitir estratégicamente el paso de la luz solar. La mayoría de los edificios de Rocha están muy poco amueblados, y prácticamente en ninguno de ellos hay elementos de iluminación artificial a la vista. Próximamente finalizará la ampliación del museo Diego Rivera Anahuacalli en Coyoacán, una estructura de varios pisos en piedra volcánica negra que contrasta fuertemente con el colorido de los murales de Rivera.

Después del museo, su siguiente proyecto es otra vivienda para su madre: en esta ocasión una casa de campo en Malinalco, una ciudad precolombina en un valle resguardado por impresionantes cerros arcillosos al sur de Ciudad de México. En las últimas décadas, Iturbide ha desviado su atención de las personas a los paisajes; espera que el entorno que rodea su nueva vivienda sea la fuente de inspiración que la ciudad ha dejado de ser. Madre e hijo todavía están proyectando el aspecto que tendrá su futuro espacio, pero ambos están de acuerdo en que tendrá menos muros y más ventanas: será una estructura con las vistas más amplias posibles de los riscos de piedra. “Será completamente abierta, no como esta”, dice Iturbide a la vez que su hijo asiente con la cabeza. “Cuando esté allí, quiero verlo todo”.

Fotografía Ben Sklar
Producción Su Wu