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Una extraordinaria normalidad

Discreto, sereno y pragmático, Jasper Morrison refleja lo mejor de sí mismo en cada uno de sus diseños.

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Jasper Morrison

“Es un pueblo muy normal, nada especial. No hay autobuses turísticos que lleguen aquí. Por otro lado, es un lugar muy cómodo y agradable para estar”. Jasper Morrison (Londres, Reino Unido, 1959) enumera a media voz y con calma las bondades de Alaró, una localidad mallorquina próxima a la sierra de la Tramontana de poco más de 5.000 habitantes. En efecto, un breve paseo por sus estrechas calles deja a la vista estampas costumbristas que poco o nada tienen que ver con la imagen de sol, playa y turismo masificado que la isla proyecta al exterior.

Sin embargo, cuando el diseñador británico me habla del lugar donde cada año pasa unas semanas de vacaciones, no es para convencerme ni justificar su presencia allí. Lo hace, tan sólo, como metáfora de su particular concepción del diseño, una idea que tras más de tres décadas de carrera le ha erigido como uno de los nombres más prolíficos, demandados y sobresalientes de su profesión. “Me gustaría imaginar que el diseño comenzó como algo realmente normal, porque antes de que se llamara así en realidad sólo era el negocio de hacer objetos para la vida diaria. Tan pronto como hubo un nombre de por medio, el marketing dijo: “ésto no es sólo una taza, sino que es la taza de alguien”. Se llegó a un punto extremo que hoy todavía se ve. Ese es el camino equivocado para que el diseño funcione, así que busco lo otro, el diseño más verdadero, el que está más relacionado con la vida cotidiana. La normalidad es algo muy bueno”.

Su discurso siempre ha evitado otorgar a los objetos un papel protagonista, siendo más importante la atmósfera que son capaces de crear.

La palabra normal se repite continuamente durante la entrevista por ambas partes, aunque en boca de Morrison tiene un significado más profundo. Fue él, junto con su colega Naoto Fukasawa –responsable de algunas de las piezas más destacadas de Muji– quién en 2006 comisarió en la galería Axis de Tokio la exposición Super Normal, término que más tarde se acuñaría para definir su estilo. En aquella muestra, plasmada en un libro del mismo nombre, británico y japonés reunieron más de 200 objetos entre los que se mezclaban aquellos firmados por diseñadores de prestigio con otros anónimos, todos sencillos en apariencia pero perfectamente funcionales. “Llegar a Super Normal fue una consecuencia del momento en el que se encontraba el diseño, donde todo era muy exagerado. Algo así como darse cuenta de que los objetos cotidianos que me encontraba estaban funcionando mucho mejor que las cosas que estábamos diseñando”. Aunque al recordar aquel momento, Morrison reconoce no haber inventado nada nuevo, y enumera nombres de arquitectos y compañeros de profesión que ya habían teorizado sobre el mismo concepto años antes: Sori Yanagui, Max Bill con su libro La buena forma (Die Gute Form) o Bruno Munari.

Jasper Morrison
Morrison siente predilección por la lámpara Cesta de Miguel Milá, de la que hay varios ejemplares por la casa.

Han pasado 12 años desde ese momento, y aunque muchos lo consideran como un punto de inflexión en la carrera de Morrison, lo cierto es que es fácil trazar ese gusto por la simplicidad y la extrema funcionalidad ya en sus primeros diseños, como los realizados para Cappellini. La firma italiana, con la que aún colabora de manera regular, fue de las primeras en confiar en él allá por 1989, apenas tres años después de que Morrison estableciese su propio estudio en Londres tras graduarse en el Royal College of Art de la ciudad. En seguida llegarían los encargos para Vitra, Alessi, Flos, Magis… La lista es ya casi tan extensa como la variedad de productos diseñados, donde tienen cabida sillas, lámparas, teléfonos móviles, frigoríficos y hasta paradas de autobús –concebidas en 1992 para la ciudad de Hannover, en Alemania.

Hoy, muchos de ellos forman parte de las colecciones de museos como el MoMA de Nueva York, donde también ha participado en exposiciones colectivas. A pesar de ello, la actitud de Morrison le impide considerar sus creaciones como obras de arte. “Pueden estar en museos que normalmente son para el arte, pero todavía las exhiben como diseño. Esto no significa que no sea una profesión creativa, pero es muy diferente”. De hecho, su discurso siempre ha evitado otorgar a los objetos un papel protagonista, siendo más importante la atmósfera que son capaces de crear allí donde son colocados. Así, cada vez que afronta un nuevo proyecto, su cabeza lo imagina dentro de una de las habitaciones de la casa de su abuelo, una estancia grabada a fuego en su memoria por sus suelos de madera, alfombras de pelo largo y muebles de estilo nórdico. Si la nueva idea encaja allí dentro, es que es buena.

Jasper Morrison
Casado con una japonesa, los detalles orientales se encuentran por todos los rincones.

La habitación en la que nos encontramos mientras hablamos es bien diferente. De techos altos y suelo de cerámica, ocupa gran parte de la planta baja de la casa que Morrison tiene en Alaró. Se trata de una possessió, una construcción típica del interior de Mallorca que un día, siglos atrás, dio servicio a las explotaciones agrícolas de la zona. Con sus gruesos muros y sus contraventanas verdes, el exterior conserva la majestuosidad que tuvo antaño, pero el interior se ha adaptado a sus nuevos dueños. “La compre hace unos cinco años y hubo que hacer bastante reforma. Bajamos los techos y cambiamos el suelo, que era de mármol. Los antiguos dueños eran algo especiales. En aquella pared había una réplica de La Gioconda, para que te hagas una idea”, dice con un inesperado humor inglés.

En su lugar ahora hay uno pintado por Erwan Bouroullec y una lámpara Cesta de Miguel Milá, pieza de la que se considera admirador y de la que hay varios ejemplares repartidos por la casa. Aunque aquí lo que de verdad abunda son las sillas. Las hay diseñadas por él mismo, como la Bac de Cappellini o la Fionda de Mattiazzi, y otras artesanales que ha ido adquiriendo en diversos mercadillos del mundo. “A esta de mimbre la llaman Le Corbusier, porque se dice que era la que él usaba”.

Como la mayoría de diseñadores, las sillas han sido un elemento fundamental de su carrera, alcanzando ya el medio centenar –sólo 2018 ha presentado tres, para Magis, Maruni y Emeco– lo que puede llevar a pensar que hacer una que sea perfecta es tarea imposible. “Si coges una silla mía de hace cinco años y una de hace uno o dos encontrarás mejoras. Y si coges una de la Edad Media y la comparas con cualquiera de hoy, verás la diferencia. A medida que todo evoluciona, a medida que nosotros evolucionamos, las sillas también lo hacen”.

Esta idea darwiniana aplicada a los objetos está ligada a la forma de trabajar de Morrison: en lugar de crear algo nuevo, prefiere mejorarlo. La meta de alcanzar la versión perfecta, sin embargo, parece estar fuera de su alcance. “Creo que hay algunos ejemplos de objetos perfectos, pero no escogería nada mío. La estantería de Dieter Rams, por ejemplo. También estaba pensando justo ayer en el tazón de acero inoxidable de Sori Yanagi que tiene un colador dentro. Se pueden lavar verduras, colar la pasta… Tiene muchos usos, como un producto inteligente”. Para completar su explicación, Morrison no duda en levantarse y buscar un libro de entre los muchos que se apilan en un estante para enseñarme una foto del tazón. Se trata de la edición coreana de Super Normal, y tras un intenso escrutinio a sus páginas –el idioma no ayuda– consigue dar con la imagen. También encuentra otra del propio Yanagi, lo que le provoca media sonrisa: “Cuando vino a ver la exposición era muy mayor, y nadie sabía muy bien lo que recordaba. Nos iba señalando las cosas que le gustaban. Cuando llegó a ese cuenco dijo que era bonito, y preguntó de quién era. No estábamos muy seguros si sabía que era suyo o no”.

Jasper Morrison
Morrison, en la estancia que utiliza como estudio durante sus vacaciones.

La mente de Morrison, al contrario, parece un gran almacén donde se apilan todos y cada uno de los objetos que ha visto en su vida. Es el material base del que parte cada nueva idea que desarrolla. “Yo siempre digo que el cerebro de un diseñador es una especie de enciclopedia visual. No sólo las imágenes, sino también los videos, tienes que recordar las acciones, cómo funcionan las cosas. Cuanta más información recojas mejor serás como diseñador, porque puedes dibujarlo. Cuando tienes que diseñar una silla plegable, tienes un recuerdo de ella. Puede que no sea un recuerdo perfecto, pero es una silla plegable basada en cientos de ejemplos. Y eso se convierte en una especie de instinto”. Ese afán recopilatorio fue precisamente el que le llevó a publicar su último libro, The Hard Life (Lars Müller Publishers), en el que hace un recorrido fotográfico por cientos de objetos procedentes del Museo Nacional de Etnología de Lisboa, en Portugal, tras quedar fascinado por ellos tras una visita al mismo. Vasijas, hoces, rastrillos y todo tipo de utensilios de los pueblos lusos hechos por artesanos ejemplifican ese proceso de diseño basado en la prueba y el error que aún permanece vigente. “Creo que este museo tiene una colección increíble de cosas bellas, es como una clase de diseño. Los estudiantes deberían ser llevados allí, no a museos específicos”.

La mañana avanza, y el calor de finales de julio comienza a hacerse insoportable, pero en el interior de la possessió la temperatura se mantiene agradable gracias a la protección de las contraventanas, que cerradas casi por completo tan sólo filtran unos pocos rayos de sol, suficientes para iluminar la sala. Reina el silencio, a pesar de encontrarnos a pocos metros de la plaza del pueblo, y es fácil adivinar por qué alguien que pasa gran parte del año viajando entre las principales capitales del mundo ha buscado refugio en este remoto lugar. Aunque se considera un estudio pequeño, Morrison tiene sedes en Londres, Tokio –su mujer es japonesa– y París. En Francia, además, cuenta con una bodega en la que hace su propio vino: “Principalmente se encarga mi socio. Es una producción pequeña”. Sus piezas se venden en todos estos lugares, aunque Morrison advierte: “El diseño no se está volviendo homogéneo. Si nos fijamos en el japonés, sigue siendo muy diferente, muy conceptual en comparación con el europeo. E incluso el español tiene un sabor muy particular. Igual que los escandinavos hacen el suyo propio. Para mí sigue siendo algo muy regional”.

Jasper Morrison
Un cuaderno con bocetos, la edición coreana del libro Super Normal, que recoge imágenes de la exposición del mismo nombre de 2006, ejemplares de periódicos internacionales como The New York Times.

A pesar de esa idiosincrasia propia de cada región, lo cierto es que el estilo del británico parece no entender de fronteras. En España, sin ir más lejos, compañías como Camper, Kettal o Andreu World cuentan en su porfolio con varios diseños suyos. En Italia Alessi, Flos o Magis se encuentran entre sus habituales, y en Suiza, una país que bien podría definirse como Super Normal, ejerce de director artístico de la compañía de electrónica Punkt. El viaje continúa por Alemania, Japón, Estados Unidos… Y como dice el refrán, allá donde fueres, haz lo que vieres. “Cambio mi forma de trabajar dependiendo de para quién lo haga. El objetivo básico es el mismo, pero un diseñador por su cuenta es inútil, no se puede hacer nada a menos que seas un artesano, pero eso es algo completamente diferente. Cuando se trabaja con determinadas empresas se obtiene una mezcla muy diferente, de modo que el producto que sale al final no es sólo del diseñador, sino también el resultado de la forma en que trabaja la empresa, cómo desarrollan sus capacidades. Su ADN o identidad”.

‘Cambio mi forma de trabajar dependiendo de para quién lo haga. El objetivo básico es el mismo, pero un diseñador por su cuenta es inútil, no se puede hacer nada a menos que seas un artesano, pero eso es algo completamente diferente’.

Hay, sin embargo, algo común en la forma de trabajar de Morrison, independientemente de para quién trabaje. Firme defensor de que los productos bien diseñados y de gran calidad han de ser accesibles para la mayoría, su apuesta por la producción en masa a gran escala para abaratar costes es constante en su trayectoria. Desde que colabora con los estadounidenses Emeco, además, parece haber incorporado a esta premisa el uso de materiales sostenibles. La silla Reclaimed 1”, la última colaboración con esta compañía, es un asiento con el mismo diseño que el modelo 1”, cuya estructura es de aluminio, pero fabricada a partir de una única pieza de plástico recuperado. Se trata de un tipo de polipropileno que se obtiene de mezclar desechos industriales con serrín, y además de ser muy resistente, se puede reciclar de nuevo. Un claro ejemplo de la llamada economía circular que no llega a consolidarse del todo en el mundo del diseño. “Deben ser los usuarios, los diseñadores y las empresas quienes impulsen esta manera de producir. Creo que los diseñadores lo están haciendo, pero tanto el público como algunos fabricantes son bastante lentos. Usar esos plásticos recuperados es una forma muy razonable de hacer una silla, porque si se hacen estudios de la energía consumida para hacer una silla de madera y para hacer una silla de tubo de aluminio doblado, el plástico es muy eficiente. Así que el argumento no es tan simple como decir que el plástico es muy malo y la madera es fantástica”.

Se acerca el momento de despedirnos y Morrison se empeña en regalarme uno de sus libros, “para que tengas algo de leer en el avión de vuelta”. Quiere estampar su firma en él, pero por extraño que parezca no hay ningún bolígrafo en toda la sala, que cumple las funciones de estudio temporal. “Los habrán cogido mis hijos”, explica. Lo que no han desaparecido son las herramientas que cubren una mesa: taladros, destornilladores, llaves inglesas… También hay un par de ordenadores portátiles, y le pregunto si cree que el trabajo de diseñador tal y como lo conocemos seguirá existiendo dentro de 50 años: “Creo que de alguna forma sí. El otro día vi el diseño de un puente calculado por ordenador que usaba los elementos estructurales más eficientes para el trabajo. Era interesante porque no era simétrico. Así que podría ser que haya una especie de elemento computerizado que de forma a las cosas para que sean muy eficientes, pero si piensas en cómo vivimos nadie va a querer tener esos objetos muy similares calculados para un sólo propósito. Tu no quieres que tu silla se parezca a tu mesa y que todo sea igual. Por lo tanto, el elemento humano seguirá siendo necesario durante mucho tiempo. Todavía hay trabajo por hacer”.

Jasper Morrison

Fotografía Marina de Luis