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En la frontera

Así es Rubén Torres, la galería barcelonesa que difumina los límites entre arte y artesanía.

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Rubén Torres
Bol de pirita I (2018-2019), escultura de bulto redondo realizada por Jean Briac. Pesa nueve kilos y se ha vaciado a mano a partir de un bloque de mármol negro de Calatorao de 180 kilos de peso.

En la antigüedad, el arte era la habilidad del ser humano en cualquier terreno productivo: un sinónimo de “destreza”, una habilidad sujeta a reglas, susceptible de aprendizaje, evolución y perfeccionamiento técnico. Siglos después, en el Renacimiento, se gestó el cambio de mentalidad que separó los oficios de las artes, debido, fundamentalmente, al interés que la nobleza y la burguesía empezaron a mostrar por la belleza. Esa belleza del trabajo manual experto es, pues, arte y no artesanía. Ese es el concepto milenario con el que se estableció en Barcelona la galería de Rubén Torres, un escaparate para el trabajo de artistas que trabajan el mármol, la cerámica o la madera de una forma ancestral con resultados estéticos de una actualidad incuestionable.

Rubén Torres
Criaturas inesperadas # 10 (madera de olivo, sapeli y metal; 45 x 30 x 27 cm). 2019.

Brucc

Rubén Torres
Serie de reposallaves en madera de arce y sapeli.

Hijo de un herrero, Ricardo Tena aprendió a soldar y forjar metal desde muy temprana edad, antes de decidirse a estudiar diseño industrial en La Llotja de Barcelona y comenzar a desarrollar su trabajo profesional —fundamentalmente orientado a productos para el hogar y la cocina— con el sobrenombre de Brucc. Con una visión libre y onírica, sus piezas únicas pueden tener aspecto zoomorfo y función practica, aunque, en realidad, siempre se perciban como esculturas puras, en las que emplea materiales naturales (madera y piedra, básicamente, talladas a mano) que encuentra en el propio entorno natural de su estudio, situado en un pueblo de las montañas que rodean Barcelona.

Jean Briac

Rubén Torres
Jean Briac posa con una de sus obras.

Hay artistas que lo son antes, incluso, de saberlo… Es el caso, por ejemplo, del francés, nativo de Toulouse, Jean Briac. Cantero de profesión, el suyo es un trabajo, el de labrar la piedra, sin el que el arte medieval no habría gozado del aprecio generalizado que alcanzó en su tiempo y que sigue maravillando siglos después, y que se puede ver en las figuras talladas en las fachadas de las catedrales.

Oficio desacostumbrado en nuestra época, Jean Briac es, en cambio, un consumado maestro, que aprendió las técnicas para tallar el mármol, el granito, la piedra arenisca o la pizarra, hasta el punto de que en 2006 fue llamado para trabajar en las obras de conclusión de la obra cumbre de Antoni Gaudí, la iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona, donde permaneció trabajando cuatro años. La magia de sus manos ha llamado también la atención del diseñador Andrew Trotter, para quien ha trabajado elaborando a mano, en mármol de Carrara o piedra piezas diseñadas por el británico, como su Block Lamp #1 y su Block Vase #1.

Rubén Torres
Proceso de vaciado del bloque de mármol negro de Calatorao.

El dominio de la técnica y una creatividad artística desbordante empujaron, lógicamente, a Jean Briac a comenzar a desarrollar, hace unos seis años, sus propias piezas. Finalmente, el artista se ha convertido en uno de los triunfadores de la pasada edición de Collect, la feria anual internacional de artesanía contemporánea y diseño, que tuvo lugar en la galería Saatchi de Londres a principios del pasado mes de marzo.

Allí, el artista presentó piezas únicas, como el Bol de pirita, elaborado a partir de un bloque de mármol negro de Calatorao de casi ciento ochenta kilos (y 50 x 50 x 25 cm, de medidas) que fue vaciando a lo largo de varios meses, hasta convertirlo en una auténtica escultura de bulto redondo reducida a apenas nueve kilos de peso…

Caterina Roma

Rubén Torres
Caterina Roma, en su taller.

Ocho años de trayectoria como ceramista son, en términos de oficio, nada. Pero es que el trabajo de Caterina Roma no se puede considerar meramente como el de una artesana ceramista. Ella ha traspasado esa frontera mediante la sofisticación, profundidad y mimo que aporta a su obra, que debe ser considerada plenamente como obras de arte.

Caterina Roma trabaja en dos vertientes. Una comercial, con su marca Trepat Barcelona, para hacer vajillas que vende a restaurantes y hoteles de lujo y que elabora en porcelana de Limoges, en horno eléctrico, en Púbol, y su vertiente artística, que realiza en horno de leña, una herramienta de trabajo aparentemente anacrónica y poco práctica, que, sin embargo, ofrece características ventajosas frente a otras opciones. En su taller, situado en una finca rural en Rupit, en las montañas del norte de la provincia de Barcelona, “nacen” por sí solas las piezas que Caterina considera arte, las que crea bajo la marca Caterina Roma y a las que pone nombre de personajes literarios. Para ello, no dudó en construirse un “horno-tren” de metro y medio cúbico de capacidad. Ahí, los troncos de madera de haya arden en suspensión, aprovechando al máximo su poder calorífico —que alcanza los 1.300° C— y los efectos que crea la ceniza volatilizada en cocciones que duran entre dieciocho y veinticuatro horas, pero que pueden llegar a prolongarse hasta una semana [la media de su producción cuece durante cuarenta y ocho horas], alimentando el fuego infatigablemente día y noche… En ese proceso, las piezas desarrollan costras gruesas, con la ceniza fundida a casi 1.300°, que se agrietan en la superficie. El proceso natural sobrepasa la creación humana…

Rubén Torres
Diva Spring 2017, Gres y porcelana horneada a 1.500°; 42 x 23 cm.

“Me gusta que las piezas nazcan, que tengan su propia fuerza —dice la artista—. Cuando eres tú el que hace la pieza, no me interesa tanto. Yo intento intervenir en ellas lo menos posible. Hice una serie de jarrones con trencadís [“quebradizo”, en catalán, referido a una técnica de esmalte] que bauticé La mujer rota, título de un libro de Simone de Beauvoir que en ese momento era muy importante para mí. Aquellos jarrones tenían su belleza a pesar de haber pasado por procesos que les habían roto”.

“Para mí, la belleza es fundamental —concluye—, algo que me ayuda a vivir. Pero se ha banalizado mucho, porque es una belleza muy exterior la que se busca y, al mismo tiempo, cuando hablo con artesanos ceramistas, parece que ya no es un valor en el arte. La gente no quiere belleza sino decir cosas. ¡Y todo el mundo quiere decir cosas!”.