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Una cabaña en Chamberí

La artista Ouka Leele y su hija, la diseñadora de moda María Rosenfeldt, nos abren las puertas del ático madrileño donde fraguaron un vínculo indestructible.

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Ouka Leele
Madre e hija, que visten prendas de Loewe, atesoran miles de recuerdos en forma de fotografías, obra gráfica, pintura, mobiliario do it yourself y muchos recuerdos de viajes y amigos.

Suena el timbre en casa de Bárbara Allende Gil de Biedma (Madrid, 1957), cuyo nombre de guerra, Ouka Leele, figura en letras doradas en la historia del arte español. Acaba de volver de Huesca, donde ha presentado la película Pour quoi? y la instalación Un cruel banquete, que denuncia la violencia que sufren las mujeres en África Central. También ha diseñado el cartel de la última edición del Festival Internacional en el Camino de Santiago de música antigua, que se celebrará en el mes de agosto. “Bienvenidos a mi hogar —nos dice la artista al recibirnos junto a su hija—. Es mi cabaña vivida”. Ambas tienen la mirada azul y proyectan una energía limpia que se traduce en gestos pausados y palabras atentas. Es un día sofocante del mes de junio y la agitación del equipo de T Magazine Spain es manifiesta. No obstante, es inevitable rendirse a la vibración de la casa y de quien la habita. Todo está bien.

En esta “cabaña vivida”, como ella misma la define, ha crecido y madurado la relación que le une a su hija, la diseñadora de moda María Rosenfeldt (Madrid, 1990). Mientras maquillan y peinan a esta última, salimos con Bárbara a la terraza de su pequeño refugio, que en realidad es un precioso ático con vistas a la antigua embajada británica y a los tejados de la zona más noble del barrio de Chamberí. “Esta casa era el estudio de un escultor que falleció con noventa y nueve años. Cuando vine aquí por primera vez, en 1982, la terraza estaba llena de hierros que usaba para sus esculturas. A mí me encantó porque tiene la luz del norte, que es la ideal para un artista. Primero la alquilé y años más tarde me dieron la oportunidad de comprarla”, explica.

Ouka Leele
Todos los rincones de la casa, como este marco de un espejo, cuentan con numerosos detalles y recuerdos de las anfitrionas

Bárbara: “Mi nombre artístico se lo debo a El Hortelano. Un día me estaba enseñando una de sus obras y había dibujado una playa con músicos bajo un cielo lleno de estrellas imaginarias. Todas tenían nombres inventados y una de ellas se llamaba Ouka Leele”

Enclavada en la última planta de una finca de estilo modernista, su buhardilla es un espacio imponente con techos altísimos y una disposición sinuosa, bohemia y caótica, llena de recuerdos y objetos marcianos. Desde el hall de la entrada se puede acceder a la terraza, dividida en dos partes (una cubierta y otra descubierta) y también al salón, que desemboca en una cocina, un par de habitaciones, un baño y un altillo, donde Bárbara dormía cuando María todavía no había llegado a su vida.

“Al principio la casa la concebí como un espacio de trabajo donde solo tenía un colchón en el altillo para dormir, pero poco a poco se fue transformando en un hogar. Un día vino a casa Alberto García-Alix y cuando vio que tenía un sofá me dijo, ‘Nena, pareces una burguesa con eso ahí”, cuenta entre risas. “Todos los de mi generación soñábamos con un mundo mejor donde la propiedad no existía, pero luego la vida te va guiando a otras necesidades y por la noche incluso te apetece dormir un poco, ¿no?».

Ouka Leele
Todos los rincones de la casa, como esta tapa de un piano, cuentan con numerosos detalles y recuerdos de las anfitrionas

Esta superviviente de la movida madrileña, compañera de fatigas del propio García-Alix y otros artistas como José Alfonso Morera El Hortelano, Carlos Sánchez Pérez Ceesepe o Pedro Almodóvar, compartió años de gloria creativa con otros talentos de la talla de Sigfrido Martín Begué, Guillermo Pérez Villalta y Costus (Enrique Naya y Juan José Carrero). “Ahora, con algunos de ellos coincido más y con otros menos, pero la verdad es que muchos ya no están. Echo muchísimo de menos a Carlos Berlanga, Ceesepe, Bernardo Bonezzi, Paloma Chamorro o a El Hortelano —confiesa; es a él a quien le debe su nombre artístico—. Un día me estaba enseñando una de sus obras y había dibujado una playa con músicos bajo un cielo repleto de estrellas imaginarias. Todas tenían nombres inventados y una de ellas se llamaba Ouka Leele”. Se lo pidió prestado y desde entonces la artista tiene nombre de estrella inventada: “Veinte años después me enteré de que en Guinea Ecuatorial usan esas dos palabras para presagiar un buen viaje en el círculo de la vida”.

En 2005 le dieron el Premio Nacional de Fotografía y en las últimas dos décadas su obra se ha expuesto en medio mundo. Sus trabajos han sido reproducidos en numerosas revistas y cientos de libros, y hace unos meses participó en una muestra colectiva en el FOAM, el prestigioso museo de fotografía de Ámsterdam. “En realidad, no me siento muy cómoda cuando me llaman ‘fotógrafa’ porque la gente se hace una idea equivocada de mi trabajo. Creen que si me encargan algo, al día siguiente podré entregarlo. Y no es así. Invierto más horas pintando que sacando fotos. Una imagen se dispara en un día, pero la verdad es que puedo pasar meses pintándola”, cuenta.

Ouka Leele
Vista parcial de la entrada al salón

La sobrina del poeta Jaime Gil de Biedma también escribe poesía —“expresarme es una necesidad patológica”—, admite, pero sobre todas las cosas es artista. “Yo quería ser pintora, pero mis profesores, que eran los que hicieron la revista Nueva Lente, alucinaban con mis fotografías y se empeñaron en que yo debía ser la nueva promesa española. Decían que tenía una mirada nueva, muy fresca. Y al final me dejé llevar. Pero mi vena pictórica siempre estuvo ahí porque era una necesidad enfermiza. El color fotográfico no me gustaba nada, porque no mostraba la realidad tal y como yo la veía, así que empecé a revelar las fotos en blanco y negro y luego las pintaba”.

Un sol salvaje cae sobre el techo de la casa y los efluvios de incienso Nag Champa dibujan una atmósfera op-art. “Todo esto era un espacio vacío pero con los años he ido llenándolo de arte, objetos y regalos. Nunca me ha gustado colgar mis obras en la pared porque me parecía excesivo estar todo el día trabajando y luego no poder desconectar. ¿Ves ese piano que hay en el salón? Es un símbolo para mí. Yo quería estudiar piano y Bellas Artes, pero mis padres me hicieron elegir entre una cosa y la otra, algo que siempre me pareció absurdo. Por eso años después, cuando reuní un poco de dinero, me compré el piano que un día me negaron. Y aquí sigue”, apunta.

Ouka Leele
Sobre estas líneas, algunas de las obras de Ouka Leele sobre el escritorio que domina la estancia principal de la casa

Las estanterías del hall y el salón lucen rebosantes de libros de arte, poesía y novela. Memorias de abajo, de Leonora Carrington; Azul, de Rubén Darío; Hojas de hierba, de Walt Whitman, o las obras completas de San Juan de la Cruz comparten ambiente con pesadísimos ladrillos visuales de Odilon Redon, Marc Chagall o Francis Bacon. “Hace un par de años saqué toneladas de libros porque esto era inhabitable y les di una segunda vida. En realidad nunca paro de sacar cosas de esta casa pero nunca se queda vacía”, explica incrédula. Su hija interviene: “Mamá, el otro día me preguntaste si podías tirar una carpeta viejísima que usaba cuando iba al cole —exclama María—. Vaya, pues parece que sí debo de ser algo apegada con las cosas”, responde su madre.

Bárbara: “El color fotográfico no me gustaba nada, porque no mostraba la realidad tal y como yo la veía, así que empecé a revelar las fotos en blanco y negro y luego las pintaba”

En 1990 María llegó a su vida. “Nunca he creído en la educación convencional. Iba de colegio en colegio preguntando si la dejarían ir disfrazada de princesa o de Blancanieves a clase. Qué locura. Pero es que siempre ha sido muy suya con la ropa y no había manera de que vistiera lo que no le gustaba”, relata entre risas. Su hija asiente y confiesa los recuerdos que guarda de aquella época: “Los colegios en los que estuve eran como campos de supervivencia. Era la época en la que a los niños les daban Ritalin para la hiperactividad. Un día me empujaron y caí de cabeza, desde muy alto, contra el suelo, y mi madre decidió sacarme de allí y llevarme con ella a todas partes. Pedimos un permiso al Ministerio de Cultura y me hice homeschooler (educada en casa) y luego encontramos un colegio americano a distancia, Clonlara School, que nos asesoró muy bien”.

A sus veintiocho años, María hace mucho que abandonó el nido materno y ahora vive en su propia casa: “Vengo mucho, casi a diario, porque no deja de ser mi hogar y me gusta colaborar con mi madre en su trabajo. Un día, cuando era pequeña, montamos una tienda de campaña en la terraza y la tuvimos ahí durante meses. Otro día nos dio por convertir ese espacio en un arenero con el fin de tener una playa urbana en casa y, más adelante, pusimos una piscina hinchable enorme. Mamá me dejaba pintar las paredes de casa y mis cumpleaños eran un auténtico circo. Era genial”.

Ouka Leele
Bárbara y su hija posan en la terraza de casa con prendas de Loewe y Heridadegato, la firma de María

De padre ruso nacido en Venezuela (de ahí su primer apellido), María pasó su infancia absolutamente integrada en el universo creativo y social de su madre, como un satélite que se acerca y aleja pero siempre está presente: “A menudo los niños se relacionan con los niños y los adultos con los adultos, pero mi madre siempre me hizo partícipe de todos sus círculos. Nos sentíamos muy acompañadas gracias a los amigos de mamá. Crecí rodeada de tortugas, hámsters, pájaros, gatos y perros que adoptábamos de la calle. Como tuve una infancia en la que me permitieron ser una niña, llegué a la edad adulta sin esos instintos reprimidos. No estaba quemada, así que siempre he asumido la responsabilidad con muchas ganas”.

María: “Como tuve una infancia en la que me permitieron ser una niña, llegué a la edad adulta sin esos instintos reprimidos. No estaba quemada, así que siempre he asumido la responsabilidad con muchas ganas”

Estudió arpa y se graduó en diseño de moda, disciplina que ha convertido en un negocio reconocido con el premio Vogue Who’s On Next de nuevos talentos (ha sido finalista en varias ediciones). Su firma de moda se llama Heridadegato, que se caracteriza por el uso de fibras naturales y materiales reciclados. “No uso pieles, no lo concibo”, dice. Madre e hija son animalistas convencidas. No en vano en las paredes de la casa cuelga un póster del artista ecologista Friedensreich Hundertwasser y otro cartel con el siguiente lema: “Mientras la Ley permita la opresión animal, desobedecerla será necesario”.

Ouka Leele
Ouka Leele señala el célebre libro de El Hortelano, donde descubrió su nombre de guerra

Dicen que se llevan “extrañamente bien”. Los 365 días del año “son pacíficos”, asegura Bárbara. “Es cierto que durante la adolescencia de María nuestra relación cambió bastante, porque yo tenía un trauma muy fuerte con mi generación y me puse muy pesada. En los ochenta estuve en fiestas donde vi morir a gente delante de mí por una sobredosis o ahogada con su propio vómito. Cosas muy desagradables. No olvidemos que Almodóvar definió La Movida como ‘el Vietnam español’ por toda la gente que sucumbió a las drogas. Sé que un mal paso te puede arruinar la vida, pero también soy consciente de que un adolescente a veces necesita romper con todo para descubrir quién es. Ahora, por suerte, María y yo hemos recuperado la misma relación de confianza que teníamos cuando era pequeña”.

Sobre los paralelismos existentes entre los ochenta y la actualidad, la artista lo tiene claro: “Los de La Movida fuimos un grupo muy heterogéneo donde cabía cualquier opción sexual, de todas las edades y procedencias. El nexo común era la libertad. Los noventa, en cambio, fueron más yuppies y algo se perdió. Sin embargo, hoy veo que los hijos de mi generación han recuperado ese espíritu libertario”. María le da la razón: “Los becarios que trabajan en mi firma saben muchísimo más que yo con su edad y vienen a tope”.

Ouka Leele
La librería que recibe a sus invitados en el hall

Antes de ser Ouka Leele, Bárbara recuerda que de pequeña quería ser inventora de colores: “Soñaba que machacaba flores en un mortero e inventaba nuevos tonos y, de alguna manera, ese sueño lo he hecho realidad. Además, cuando era niña aprendí que al dibujar siempre recibía cariño. Pintaba escenas cotidianas y se las enseñaba a mis padres y ellos las admiraban con cariño. También jugaba a hacer alquimia con la vida. Por ejemplo, a mis primos les decía que cuando coges una piña de un pino y te la comes pensando que es una patata, al final lo que te comes es una patata”.

Más tarde añadió su fidelísima Nikon F a los lápices y los pinceles, que solo le permitía mover el diafragma y el tiempo. “Luego empecé con la cámara de placas, pero ahora hago todo digital porque es inevitable”. Con trece mil seguidores en Instagram, observa la realidad virtual sin prejuicios: “Las redes sociales se han convertido en un lenguaje más rápido que la palabra. La gente fotografía los garbanzos que se come y luego lo sube. A veces mis alumnos me preguntan qué deben hacer para abrirse camino y siempre les digo lo mismo: ‘Inventaos vuestra propia forma de haceros visibles porque no sirve lo que han hecho otros”.

Bárbara: “Cuando actúas con el corazón, tocas otros corazones y reverberan. Pero cuando se hace algo para epatar, la gente bosteza y se aburre”

Ouka Leele se inventó el suyo y hoy es una de las artistas más reconocidas de nuestro país. Siente algo de nostalgia por el negocio del arte en los ochenta —“los comienzos de ARCO fueron muy humanos y todo eso propició una edad de oro extraña, pero ahora todo se centra en el dinero”— y cree firmemente en la Divina Providencia: “Cuando era joven padecí una enfermedad que me obligó a parar [superó un linfoma con veintidós años]. Y cuando paré, todo lo que necesitaba llegó. A veces, no haciendo, pasan más cosas que haciendo. Si confías, ocurre. Cada día compruebo que lo que necesitas lo tienes. Sueltas dinero y te viene por otro lado. Cuando actúas con el corazón, tocas otros corazones y reverberan. Pero cuando se hace algo para epatar, la gente bosteza y se aburre”.

Hemos pasado cuatro horas en su casa y toca despedirse de las anfitrionas. Al pisar la calle el asfalto abrasador nos estalla en la cara y nos esforzamos en vano por mantener la vibración estoica de Bárbara. Por un momento dudamos de que su cabaña de Chamberí apenas se encuentre a cinco plantas sobre el suelo. En realidad parece más propia del firmamento de estrellas imaginarias donde encontró su nombre.

Fotografías Miren Pastor
Estilismo Jorge G. Valero
Maquillaje y peluquería Marta Garbayo
Asistente de fotografía Víctor Garrido