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Que nadie me moleste

Henri Matisse hizo de su casa de Niza un templo sagrado para la creación.

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Entre las muchísimas virtudes y las decenas de defectos que tenía Pablo Picasso (1881-1973) estaba la envidia a su coetáneo Henri Matisse (1869-1954). Así lo defiende el periodista Will Gompertz en su libro ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos (Taurus), que asegura que el genio malagueño se molestaba muchísimo cuando le decían que el pintor francés era más innovador que él.

Henri Matisse

No entraremos a valorar quién era mejor porque categorizar talentos de semejante nivel podría ser una tarea suicida, pero sí podemos afirmar que Matisse hizo de la necesidad una virtud para poder dar rienda suelta a sus musas. Su frágil salud le obligó a idear un utensilio de dibujo que consistía en una rama de bambú con un carboncillo atado en el extremo.

Por si fuera poco, ordenó disponer una cama en el taller de su casa de la Costa Azul. Con sus inseparables tijeras y una mesita plegable a modo de superficie, creó un universo de colores y formas que hoy siguen ardiendo en nuestro imaginario como fabulosos cohetes amarillos explotando entre las estrellas.