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Una segunda vida

A las afueras de Ámsterdam, un dúo de taxidermistas éticos hace magia en su delirante laboratorio.

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 En la ciudad holandesa de Haarlem –en el lúgubre espacio de lo que fue una carnicería de caballos, repleto de antigüedades victorianas, pieles de cocodrilo, modelos anatómicos, ojos de cristal y animales en diversos estados de momificación–, un par de antiguos publicistas de barba poblada llevan a cabo una de las taxidermias éticas más exquisitas del mundo.

Fundada en 2012, Darwin, Sinke y van Tongeren recibe su nombre de sus dos dueños, Jaap Sinke y Ferry van Tongeren y, como dicen, de Charles Darwin, su socio tácito.

Darwin Sinke y van Tongeren
Un proyecto en curso en Darwin, Sinke y van Tongeren. La piel del ibis escarlata se está secando tras un baño con jabón; las plumas son colocadas con agujas e hilo.

Alejándose del método de matar y rellenar que se emplea en la taxidermia de trofeos, Sinke y van Tongeren trabajan sólo con animales que han muerto por causas naturales, obteniendo sus especímenes estrictamente de criadores, refugios de animales o zoológicos. Al igual que en las complejas composiciones de pintores holandeses del siglo XVII sobre la vida salvaje, como las de Jan Weenix y Melchior d’Hondecoeter, Sinke y van Tongeren elaboran retablos donde los animales se presentan en posiciones dramáticas junto a objetos decorativos: por ejemplo, un ibis escarlata sobre un pedestal de mármol, o un lémur rufo blanco y negro sobre un trozo de madera de tilo tallado perteneciente a una iglesia del siglo XVIII. “Esto enriquece el conjunto, a la par que lo envejece en menor medida”, afirma van Tongeren.

Cuando la taxidermia se realiza de forma correcta, es prácticamente incruenta e inodora. En primer lugar, la piel del animal se elimina con un escalpelo. Tras esto, las pieles se depositan en grandes cubos de acero inoxidable llenos de una solución de agua jabonosa y curtiente. Cuando flotan, las pieles rasas de los animales adoptan una forma abstracta y cautivadora, similar a una flor exótica prensada entre las páginas de un libro –de hecho, la fauna incorpórea es tan hermosa que ambos decidieron documentar el proceso con una impresionante serie de fotografías de edición limitada.

A continuación, Sinke y van Tongeren esculpen a mano la estructura de cada animal, a diferencia de la mayoría de los taxidermistas, que colocan las pieles sobre unos moldes estandarizados y prefabricados. En una, un lémur de cola anillada se engancha como un exótico polizón a un antiguo ojo de buey. En otra, un caimán hinca sus dientes sobre una boa arco iris gigante, haciendo que su piel naranja iridiscente se tense de pavor.

Darwin Sinke y van Tongeren
dentro del estudio en una antigua carnicería de Haarlem, Países Bajos, van Tongeren (derecha) despelleja un cisne blanco mientras que Sinke (izquierda) trabaja con un papagayo verde.

Cuando está a pleno rendimiento, el estudio de Sinke y van Tongeren se asemeja a un
arca de Noé steampunk. Los especímenes exóticos –como un avestruz o un par de tigres blancos de Siberia– requieren cientos de horas de retoques, lo que significa que el dúo sólo puede aceptar entre cuatro y seis encargos al año. El proceso completo, que incluye desde bocetos anatómicos y reconstrucciones de esqueletos hasta el curtido de pieles y el secado de pelajes, puede llevar hasta un año.

No es de extrañar que se consideren artistas –Damien Hirst compró casi todas las piezas de su segunda exposición de 2014–, pero “la naturaleza merece la mayor parte del mérito”, señala van Tongeren. “Los colores, las texturas, la variedad, la riqueza… con la pintura no puedes ni acercarte a ello”.

Fotografía Frederik Vercruysse