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Puertas abiertas

Escondida pero accesible para todo aquel que quiera descubrirla, la casa de la familia Gandía- Blasco es una invitación a la creatividad.

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Casa de la familia Gandía- Blasco

Casa. Según la primera acepción recogida en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “edificio para habitar”. Sorprendentemente, lo que uno se encuentra cuando visita la casa de la familia Gandía-Blasco dista mucho de esa definición. De hecho, desde el exterior, es imposible saber que uno se encuentra frente a una vivienda. No hay puerta visible, ni timbre, ni felpudo que nos de la bienvenida. Tampoco hay un número que nos indique el número de la calle en el que nos encontramos, tan sólo una sucesión de ventanas traslúcidas de grandes dimensiones que nacen al nivel del suelo y que se repiten en tres pisos de altura, ocultando lo que hay tras ellas.

Alejandra Gandía-Blasco es muy consciente de que no vive en un sitio normal, y por eso me cita en el showroom de Gandiablasco, la empresa familiar de muebles de exterior donde es Subdirectora creativa y de comunicación, y donde reparte responsabilidades junto con su padre y hermano. Es curioso, pero la dirección de la tienda y de la supuesta casa son la misma, como también coincide con el lugar donde en 1941 su abuelo construyó una fábrica para desarrollar un floreciente negocio dedicado a las mantas. “Todo el edificio, que ocupa gran parte de la manzana, era donde mi abuelo almacenaba las telas y tejía las mantas”, me explica detalladamente Alejandra mientras aún estamos en el showroom, un amplio espacio abarrotado: hay muebles de exterior, también de su nueva marca Diabla, y alfombras de su marca GAN, unas apiladas encima de otras. El cielo está encapotado, y la luz que uno espera encontrar en Ontinyent –en la provincia de Valencia y a pocos kilómetros del Mediterráneo– brilla por su ausencia. Aún así, el lugar es capaz de transportarte al verano, a unas vacaciones eternas que se interrumpen de forma súbita cuando Alejandra comienza el tour por las instalaciones. Dejamos atrás la pulcra exposición y nos adentramos en un laberinto de escaleras y grandes cortinas blancas que esconden sucesivas salas donde se apilan muestras de materiales, prototipos y mesas con pequeños equipos de trabajo, los cuales saludan con un alegre “¡Hola!” a nuestro paso. “Esta parte es mucho más fea que el resto”, se ríe Alejandra, y hace un gesto como abarcando una inmensa sala vacía que aún conserva la estética industrial de cuando fue concebida. “Si te fijas, en el techo se pueden ver todavía las borras de cuando se hacían las mantas”, señala, refiriéndose a las bolas que forman las fibras de la lana al ser peinadas. “Esperamos poder reformar toda esta parte para el año que viene y trasladar parte del equipo que tenemos en Valencia”. Según avanzamos, el lugar revela ser mucho más grande de lo que parece desde fuera, pero la idea de que en algún punto aparezca una casa sigue siendo descabellado. Al menos hasta que al final de un largo pasillo, flanqueado en un lado por cortinas y en el otro por las mismas ventanas traslúcidas que se ven desde la calle, una pared blanca –que en realidad es una puerta– se desplaza y da paso a un habitación con un par de sofás, dos mesas, un ordenador y una estantería repleta de libros. “Es el despacho de José”, dice Alejandra refiriéndose a su padre. “Está trabajando en la fábrica, voy a llamarle para que venga”.

Casa de la familia Gandía- Blasco
El color blanco predomina en toda la casa, potenciando la luminosidad del sol mediterráneo.

José Gandía-Blasco aparece con naturalidad por la misma puerta que hemos atravesado minutos antes, como si la casa –su casa– fuera un anexo más de su lugar de trabajo. “Más que pegada, está dentro de la fábrica. Formaba parte del edificio industrial. Lo que pasa que se derribaron justamente esos metros para construir la casa nueva, pero en realidad era todo un espacio”, explica. La construcción tuvo lugar en 2011, después de que el padre de José vendiera una casa del siglo XIX a las afueras del pueblo donde vivía toda la familia, coincidiendo con el boom inmobiliario. Tras quedarse sin un lugar donde vivir pero con mucho terreno disponible, José decidió arrancar un proyecto que siempre le había rondado por la cabeza. “Es algo que a mí me ha llamado la atención de toda la vida, el tener la casa dentro de la empresa. Recuerdo como algo anecdótico que siempre me encantó la idea de la casa del arquitecto Ricardo Bofill en Barcelona, que cogió una fábrica de cemento y se hizo allí su estudio y su casa”. El diseño de la vivienda le fue confiado a Borja García, arquitecto valenciano y colaborador de la compañía –para quién ha diseñado algunas piezas–, aunque José tenía el plano de lo que quería en su cabeza. “Con los arquitectos normalmente colaboro. No soy un cliente que dice ‘haz esto’ y me olvido”. Como ejemplo pone la escalera de hormigón que conecta las cinco plantas que conforman la vivienda, una pieza que parece brotar de manera natural y que se confunde con el resto de esculturas que salpican el espacio. Mientras la recorremos me hace notar que no tiene barandilla. “Puede ser peligroso, sobre todo si hay niños o personas mayores, pero así es más bonita. Por una vez sacrificamos la estética por al función”, comenta divertido.

Casa de la familia Gandía- Blasco
Los libros sobre arte, arquitectura y diseño salpican las distintas estancias de la casa, concebida como un espacio de creatividad.

A medida que subimos y bajamos plantas, el concepto clásico de casa comienza a hacerse visible. Hay un salón presidido por un televisor y una videoconsola, rodeado de más libros y fotos familiares. Hay tres dormitorios –para el padre y los dos hijos–, como también hay una cocina y una sala de estar a dos alturas que conecta con el patio, dominado por una larga piscina y con vistas a otra parte de la fábrica. Las barreras entre lo personal y lo profesional son, simplemente, inexistentes. “Yo siempre digo que he trabajado 365 días al año las 24 horas. Yo me iba de vacaciones y estaba trabajando de alguna manera. […] La empresa ha sido mi vida, y cuando algo es tu vida no necesitas desconectar”, afirma José con rotundidad, poco después de recordar cómo durante dos años de su infancia ya vivió dentro de la fábrica mientras su casa de entonces estaba de obras. “Volver aquí me ha recordado a ello. Y la verdad es que estamos encantados de vivir aquí, dentro del propio edificio, porque en realidad nuestra casa es todo. Por eso le pusimos el nombre de la Casa Gandía-Blasco, porque tiene un sentido metafórico y real. Real porque vivimos, pero metafórico porque nuestra casa es todo”.

Casa de la familia Gandía- Blasco
Sobre la mesa del estudio, unos prototipos de cuencos diseñados por Apparatu.

‘Yo siempre digo que he trabajado 365 días al año las 24 horas. Yo me iba de vacaciones y estaba trabajando de alguna manera’.

La casa es la empresa y la empresa es la casa. Y como tal, cualquier persona que tenga algún tipo de relación comercial con la familia Gandía-Blasco está invitado a cruzar esa puerta. Ya sean arquitectos, diseñadores o clientes, todos son bienvenidos aquí. El patio es el centro de todo, sirviendo como lugar de exposición, escenario para sesiones de fotos o sitio donde celebrar comidas y cenas. “Yo quería que fuera como un atrio. En lugar de columnas, hay columnas vegetales”, dice refiriéndose a los cipreses que rodean el perímetro. Como en los atrios romanos, éste también es un lugar de intercambio de ideas. Todos los años, como parte del máster MArch II de la Universidad Europea de Valencia que dirige el arquitecto Fran Silvestre, los alumnos realizan un taller de experimentación con perfiles de aluminio en la fábrica. “Están trabajando todo el día, comen y se bañan en la piscina, para luego seguir trabajando por la tarde. Creo que es algo que une mucho e integra a la gente. No es lo mismo que los lleves a trabajar a un edificio y estén todo el rato allí sin un momento de esparcimiento como éste”.

Casa de la familia Gandía- Blasco
Loss taburetes de la cocina son un diseño del propio José Gandía-Blasco.

‘Es un edificio industrial de los que quedan pocos ya, porque la mayoría se han derribado y los industriales se han trasladado a los polígonos, a la típica nave’.

Es sólo un ejemplo de todo lo que se cuece de puertas para dentro en una casa que, como un ente vivo, ha evolucionado desde su construcción. En un plano físico, porque la transformación del antiguo edificio industrial ha sido paulatina, añadiendo y reformando espacios poco a poco: el showroom, las oficinas existentes –y las que están por llegar–, la vivienda. “Es un edificio industrial de los que quedan pocos ya, porque la mayoría se han derribado y los industriales se han trasladado a los polígonos, a la típica nave. A mí en algún momento me lo propusieron pero me negué siempre desde la base”. Y en un plano ideológico, porque con los años se ha consolidado la idea de José de crear un espacio creativo de convivencia, algo que de manera natural ha acabado por trascender las paredes en las que nos encontramos. “Independientemente del espacio físico de la casa, la empresa también colabora con instituciones culturales”, explica Alejandra, que enumera centros, museos o asociaciones de gran peso dentro de la escena de diseño: Matadero Madrid, LaVAC (Asociación de Galerías de Arte Contemporáneo de la Comunidad Valenciana), el IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno), el Instituto Europeo de Diseño de Madrid, la editorial Taschen… Llegado el momento de abandonar el lugar, le pregunto a Alejandra si cada vez que quiere salir de su casa ha de recorrer todo el complejo. Ella señala una de las grandes ventanas de lo que ha definido como recibidor, apuntando a un manillar imperceptible que manipula, abriéndola como si fuera una puerta. “Desde fuera parece una ventana más, pero es la entrada principal de la casa. De todos modos, no siempre la usamos, sino que solemos atravesar por la fábrica. A veces hay que encender la linterna del móvil porque está muy oscuro, pero estamos acostumbrados”, ríe. La casa es la empresa, la empresa es la casa.

Casa de la familia Gandía- Blasco
La piscina del patio, que está rodeado de cipreses.

Fotografía Alicia Peiró