La casa de invitados del arquitecto Philip Johnson, minimalismo en estado puro

Hoy te traemos una casa singular. Situada en el centro de Manhattan, la casa de invitados de Philip Johnson destaca por su estilo minimalista. Conoce más sobre este afamado arquitecto.

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De (engañosa) apariencia modesta, la casa de invitados poco conocida de Philip Johnson en el centro de Manhattan es minimalismo en estado puro.

En una manzana tranquila al este del Manhattan de los años 50, situada entre una escuela de música y un edificio de apartamentos de antes de la guerra a un tiro de piedra del ruido de la construcción del metro, se sitúa una discreta pero maravillosa construcción modernista: la casa de invitados Rockefeller de 1950 de Philip Johnson. Una de las residencias privadas que el arquitecto diseñó en Nueva York, esta casa es un hito histórico, así como arquitectónico. Sin embargo, uno no debe sentirse culpable si ha pasado por alto su fachada de ladrillo y vidrio sin adornos: la casa no desvela sus secretos tan fácilmente.

Interior de la casa del arquitecto Philip Jhonson, en Manhattan.

Nueva York es una ciudad que no siempre protege, mucho menos valora, su herencia arquitectónica. Por ejemplo, uno solo tiene que ir hacia el oeste hasta la calle 52 para encontrarse el restaurante del Four Seasons recientemente cerrado, diseñado por Johnson con su mentor Ludwig Mies van der Rohe. Sin embargo, la casa de invitados Rockefeller se mantiene prácticamente sin cambios, el trabajo mejor conservado –y el menos conocido– de Johnson en Nueva York. En el interior, las paredes de ladrillo podrían hablar de primera mano sobre el mundo artístico del siglo XX.

El edificio de dos pisos, uno de los primeros encargos neoyorquinos del arquitecto, fue construido para Blanchette Ferry Hooker Rockefeller entre 1949 y 1950, y fue pensado tanto como escaparate para su colección de arte moderno como un espacio para recibir visitas. El vecindario de Turtle Bay –descrito como el “patio trasero de la ribera del río” en la Guía de administración de los proyectos de trabajo de 1939– había sido desde los años 20 un núcleo artístico de la ciudad; allí se encontraba una buena cantidad de viviendas asequibles, estudios y elegantes enclaves como la calle Beekman Place. Peggy Guggenheim y Max Ernst vivían cerca; en los 60 el vecindario acogió la Factory de Andy Warhol. Así que este era un enclave natural para la colaboración entre el arquitecto de moda y su mecenas.

Interior de la casa del arquitecto Philip Jhonson, en Manhattan.

Blanchette Rockefeller, mujer del hijo del petrolero John D. Rockefeller III, fue desde temprana edad una apasiondada y conocedora amante del arte. Ella y su marido compartían el gusto por el arte asiático y clásico, pero su pasión personal era el arte más moderno: su colección contenía piezas como El hombre que señala de Alberto Giacometti y The Voyage de Robert Motherwell. Ambas obras acabaron en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York, y de hecho, la casa de invitados se convirtió en un mini campo de pruebas para varias piedras angulares de las piezas del MoMA. Blanchette Rockefeller fue en dos ocasiones presidenta del museo y en 1948 fundó el Consejo Juvenil del MoMA. La casa de invitados vendría a funcionar como una extensión del MoMA, un espacio para atraer a donantes potenciales, recibir a artistas y mostrar el modernismo en su forma de expresión más pura e impresionante.

En aquel momento, Johnson sólo llevaba trabajando en Nueva York unos años, pero ya se había hecho conocido por ser un firme defensor del Estilo Internacional. Aunque no se licenció como arquitecto hasta mediados de los años 50 –los asociados de su estudio firmaban sus proyectos hasta que consiguió aprobar el examen para licenciarse–, en 1949 ya había construido su icónica Casa de Cristal situada en New Canaan (Connecticut) y se había convertido en asesor de arquitectura no oficial del MoMA, cuyo departamento de arquitectura había ayudado a subvencionar. A pesar de su declarada afinidad con el fascismo en los años 30 y principios de los 40 –con un expediente del FBI que lo demuestra–, Johnson seguía siendo un asiduo en los eventos sociales del mundo del arte, siendo invitado cada vez a más fiestas y salones, conocido por su aire sofisticado e ingenio. Interior de la casa del arquitecto Philip Jhonson, en Manhattan.

La primera vivienda de Blanchette Rockefeller estaba en Beekman Place, en Manhattan; aunque su marido era mecenas artístico, tenía un gusto más conservador que el de ella y consideraba la casa de invitados como una expresión creativa de Blanchette y un espacio para poner a salvo su desconcertante colección de Willem De Kooning y Clyfford Still. (Para cuando la casa se diseñó, ya había arruinado una propuesta de colaboración con Johnson en el estado de Pocantico Hills propiedad de la familia). La parcela de 8 por 30 metros  que había adquirido estaba ubicada convenientemente entre su apartamento y el MoMA; el proyecto de unos 57.000€ fue –de forma casi increíble– clasificado técnicamente como una “alteración”.

Ahora, al cruzar la puerta, la atmósfera del centro se desvanece. La transición no es brusca: el visitante se encuentra primero con un panel de armarios de madera, suavizando la llegada de la calle a la inmensidad de la casa. Después, todo es espacio. La habitación principal ofrece una vista sin impedimentos de 30 metros de luz natural, una pared de cristal, un patio y un estanque, y una pequeña estructura que hace de separación al otro lado. El efecto –de luz matizada, aire y pureza– es conmovedor.Interior de la casa del arquitecto Philip Jhonson, en Manhattan.

Lleva un instante darse cuenta de los detalles: la pared este, larga e ininterrumpida; el calor radiante de los suelos de baldosa que mantiene la habitación caliente; la enorme chimenea escultórica; y el camino de grandes losas, como lirios estilizados, que transita a través del estanque. Lo que resulta extraordinario es lo poco que ha cambiado, desde el marco de la casa hasta los azulejos de vinilo blanco de la planta baja. Es este un espacio creado para exhibir arte de una forma tan generosa como cualquier galería. Es, además, una obra de arte por derecho propio.

Vivimos actualmente en una época en que el espacio es quizás el último símbolo de estatus. Es cierto que esta cantidad de metros cuadrados, en esta parte del mundo, sería hoy algo inimaginablemente caro. (De hecho, lo ha sido. Cuando la casa se vendió en el año 2000 por 10 millones de euros a un comprador anónimo, su precio por metro cuadrado fue el más alto en la historia inmobiliaria de Nueva York). Pero ver esta habitación es un recordatorio de por qué es apetecible, y lo rara y clave que resulta tal perfección en el minimalismo. Parece que la razón de ser de este estilo radica en la escasez; cuando estás en esta habitación, aunque sea sobria, parece llena.

Interior de la casa del arquitecto Philip Jhonson, en Manhattan.

En el sentido más literal, por supuesto, siempre ha estado escasamente amueblada. Hoy hay una cocina en el sótano y los pisos superiores reciben calor. Cuando fue construida, había solamente un pequeño bar oculto dentro de esos armarios delanteros –del que se encargaba en sus primeros tiempos un mayordomo llamado Charles–. La segunda planta no estaba ocupada. (“La parte superior de la casa no existía para mí”, dijo Johnson en una entrevista en los 70). Había poca concesión a lo práctico.

Rockefeller no necesitaba mucho más que unas cuantas mesas y sillas y tapicería de chenilla tejida con hilos de cobre de Anni Albers para proporcionar una mínima sensación de intimidad. En aquel tiempo en que el dinero de los coleccionistas de arte y tanto talento eran de cosecha propia, habría sido una de las habitaciones más sofisticadas del mundo.

Para los detractores de Johnson, sin embargo, el espacio era representativo de todo lo que rechazaban. (El crítico Hilton Kramer describió la obra de Johnson como “publicidad, espectáculo y ejercicio de poder”). Esos detractores siempre han señalado que el supuesto minimalismo comprometido de Johnson no tenía ni la dignidad política ni social de sus referentes europeos –de hecho, su posterior renuncia al nazismo le perseguiría el resto de su vida–. El arquitecto era un personaje de la sociedad, un asiduo a fiestas, y la casa de invitados era un monumento al ego, el dinero y las instituciones, por no mencionar que carecía de las comodidades domésticas convencionales.Interior de la casa del arquitecto Philip Jhonson, en Manhattan.

A lo largo de su carrera, Johnson se quedó perplejo ante las críticas que señalaban que no se podía vivir en sus espacios. Él lo hizo. En 1958, Blanchette Rockefeller (movida por la insistente demanda de su marido) donó la casa de invitados al MoMA, que de vez en cuando la usó como espacio auxiliar para eventos para venderla posteriormente. En 1971, Johnson y su socio, el marchante David Whitney, alquilaron la casa a la señora Lee Sherrod, y la ocuparon durante los siguientes ocho años.

Johnson sustituyó los muebles con forma de bloque por las sillas escultóricas de Gaetano Pesce. Movió su colección de arte –obras de Roy Lichtenstein, de Frank Stella– a la pared este. Dormía en la pequeña habitación al otro lado del estanque, y se bañaba en el cuarto de baño básico. Dos veces al año recibía a amigos como Warhol y Fran Lebowitz. La falta de cocina no era un problema: el restaurante del Four Seasons estaba cerca, y era donde Johnson acostumbraba a cenar y hacer negocios.

Interior de la casa del arquitecto Philip Jhonson, en Manhattan.

La vida del arquitecto en ese punto era algo así como un ejercicio de modernismo integral. Nada, desde la casa en la que vivía hasta los platos en los que comía en el Four Seasons (diseñados por la crítica Ada Louise Huxtable y su marido, Garth), desentonaba con su sensibilidad estética. Por supuesto, muchos restos de este estilo de vida se han perdido ya o andan dispersos. Aunque el icónico interior del Four Seasons se convirtió en monumento en 1989, todo el contenido del restaurante se vendió en una subasta en julio del año pasado. La protección de la casa de invitados Rockefeller resulta hoy más necesaria –y crucial– en comparación: es historia viva oculta a plena vista.

 

FOTOGRAFIAS: DEAN KAUFMAN