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Entrevistamos a la mano derecha de Norman Foster (para el Prado)

Tras varios socios y muchos proyectos ganados, Carlos Rubio Carvajal abrió en solitario su estudio de arquitectura en 2014. Dos años después, del brazo de su admirado Norman Foster, será el responsable de la ampliación del Museo del Prado al Salón de Reinos.

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El arquitecto Carlos Rubio Carvajal.
El arquitecto Carlos Rubio Carvajal.

Es difícil de imaginar pero, hasta principios del siglo XIX, el parque del Retiro quedaba unido a lo que hoy es uno de los barrios más lujosos de Madrid, el de los Jerónimos, a través de una sucesión de huertos y patios en bancal para salvar la inclinación del terreno y, en medio, se erigía el palacio del Buen Retiro, una construcción hecha por y para la gloria de Felipe IV y su inmenso imperio. La zona, por aquel entonces extramuros, servía al monarca de recreo y asueto en los infernales veranos madrileños, toda vez que la tierra estaba cruzada por arroyos, tapizada de zonas verdes, arbolados paseos y, al fondo, la sierra, con sus aires salutíferos.

De todo aquello, el tiempo y las guerras se encargaron de dejar poco. Se construyó en muy poco tiempo y los materiales, por ende, no fueron los mejores, lo que supuso desmoronamientos por aquí y desconchones por allá. También contribuyeron la falta de cuidado y la invasión napoleónica, que levantó en el área un fortín y, en los jardines, un polvorín, lo que auspició su degradación inexorable.

De todo aquello, hoy solo quedan en pie lo que se conoce como Casón del Buen Retiro (frente al parque, en la elegante calle de Alfonso XII, y antiguo Salón de Baile del palacio) y el Salón de Reinos. Para hacerse una idea de la importancia de este último edificio, hay que pensar que en él recibía Felipe IV a los embajadores de todo el mundo ante el imperio, que quedaban impresionados no solo por la riqueza ornamental y decorativa del lugar, sino por los cuadros que, estratégicamente colocados, mostraban tanto la grandiosidad de los monarcas (a lomos de sus caballos y vestidos con sus mejores galas) como las distintas victorias de España a lo largo y ancho del mundo: de este lugar colgaban La rendición de Breda, de Velázquez; La recuperación de Bahía de Todos los Santos, de Maíno; La defensa de Cádiz contra los ingleses, de Zurbarán, o La expugnación de Rheinfelden, de Carducho.

Por fuera, su esplendor ha sido sustituido hoy por la desproporcionalidad (encajonado entre edificios clasicistas del barrio) y por cierto aire marcial tras las reformas ejercidas sobre su fachada en el siglo XIX (que tapan la original, barroca del XVII) y su pasado como Museo del Ejército hasta 2005.

Desde 2015, la gestión de ambos edificios corresponde al Museo del Prado, que aprovechará el Salón para convertirlo en una nueva ampliación, cuya repercusión en todo el mundo de la arquitectura y el arte en general ha sido inmediata. Al concurso se presentaron algunas de las firmas más reputadas de arquitectos mundiales pero solo una, la UTE (Unión Temporal de Empresas) entre Norman Foster y el español Carlos Rubio Carvajal, resultó ganadora por unanimidad con una lema tan atractivo como definidor del proyecto: Traza oculta.

¿Cuáles son los porqués de este lema?

Habitualmente los lemas intentan explicar lo que el proyecto quiere transmitir. Este en concreto surge de querer reconvertir un antiguo resto del palacio del Buen Retiro, que después fue Museo de Artillería y Museo del Ejército, y que ha tenido muchas transformaciones. Esto ha llevado a que se haya perdido su esencia, sobre todo en algo que era muy importante en su origen: la fachada que daba hacia la zona doble del palacio, es decir, la fachada en la que, desde uno de sus balcones, Felipe IV se asomaba para ver los acontecimientos que ocurrían en el recinto. Esta fachada está tapada por añadidos que tuvieron lugar en los siglos XIX y XX. Por tanto, se trata de recuperar esa traza oculta que no se ha vuelto a ver pero que está documentada en dibujos y planos.

El proyecto presenta, precisamente, dos soluciones para esa fachada…

Efectivamente. La primera opción es mantener parte de la añadida en el siglo XIX pero eliminando los forjados y dejándola como un lienzo, en la que se le recortan todos los elementos de plementería que la complementan. La otra opción es eliminarla y mostrar las balconadas y vanos originales. El Museo del Prado deberá decidir. Si opta por la primera, se construirá un atrio que servirá de unión entre ambas y que se abrirá al público para que sea de uso y disfrute de la gente. De hecho, se trata de no hacer lo que se hacía cuando el edificio era el Museo del Ejército, en el que se entraba desde la calle de Antonio Maura; ahora se trata de que se entre por la de Felipe IV, dando de frente al campus del Museo del Prado. Hay que tener en cuenta que, en origen, el edificio estaba rodeado de patios horizontales y planos en bancales, desde el Retiro hasta lo que es hoy el paseo del Prado. Cuando la zona se convierte en barrio de los Jerónimos, esos patios pasan a ser un plano inclinado. De hecho, la fachada norte, la que da a Antonio Maura, tiene que tener un basamento que la zona sur no precisa. De ahí que justo el acceso en este zona pueda dejarse muy abierto para invitar al paso. Cuando esto era parte del palacio, la planta baja del Salón de Reinos era muy permeable hacia los dos patios, que se ubicaban hacia el norte y hacia el sur, y queremos que lo vuelva a ser, que se pueda atravesar sin controles.

¿Y qué acciones proyectan para el interior?

En realidad es un espacio relativamente pequeño, por lo que hay que ponerlo en valor tal y como era en su momento: la pieza más importante del palacio del Buen Retiro, obra de Felipe IV y del todopoderoso Conde-Duque de Olivares. En principio era un palacio festivo, de celebraciones, pero pasó a ser palacio real durante un tiempo cuando el Alcázar se quemó y mientras se construía el actual palacio de Oriente. De hecho, el palco real y el salón de recepciones de embajadores pasó a ser el salón del trono. En él se pintaron los escudos de los 24 reinos que formaban entonces la Corona de España, que se conservan hasta hoy y que seguirán ahí para que todo el mundo lo pueda ver.

Antes ha hablado del campus del Prado… ¿Qué significa?

Campus en realidad hace referencia a todo complejo de varios edificios relacionados, como uno universitario. Y el Museo del Prado empieza a estar en esa situación precisamente, ya que cuenta con el edificio de Villanueva [el original del museo], la ampliación de [Rafael] Moneo, el Casón del Buen Retiro y, ahora, el Salón de Reinos.

Precisamente para conseguir los objetivos de que el salón esté abierto al paso entre sur y norte y complementar el campus han propuesto, en su proyecto, peatonalizar la calle de Felipe IV. ¿Será posible?

De eso tampoco sabemos nada por ahora, más allá de lo que hay en la propuesta. Sí hay buena disposición por parte del Ayuntamiento, pero una cosa es abordar el asunto de manera inmediata tras conocer el fallo y, otra, el largo plazo. Así que ya veremos si se hace algún día o no pero, por ahora, intención sí parece que hay.

Otra cuestión en el aire son los plazos de ejecución. Se quería tener terminado para el bicentenario del Prado, en 2019, pero la proyección por parte de ustedes es más realista…

Ni lo tenemos claro nosotros ni nadie. Ahora además hay un proceso de cambios en el Prado, con la marcha de [Mikel] Zugaza como director, y no sabemos quién vendrá… Es complicado. Sí es cierto que el bicentenario está a la vista, y algo podría haber en ese momento pero, al igual que no nos han dicho nada, tampoco nos han presionado.

Creo que esta es su primera incursión museística; en cambio, Norman Foster tiene una gran experiencia en ello. ¿Cómo surgió la cooperación entre ambos? Porque usted ha llegado a calificarlo de “el héroe de su vida”.

[Se ríe] Sin duda. Para mí es un privilegio. Yo tengo relación directa con gente de la oficina de Foster en Madrid, nos hemos visto y encontrado en muchas cosas. Sin embargo, he tenido menos oportunidad de hablar con él, ya sabes, yo no hablo inglés y eso siempre es una barrera. Pero su oficina le dio mi nombre, lo barajó y finalmente me llamaron un día: “Oye, que está aquí Norman, que si vienes a verle”. Me propuso la colaboración y encantadísimo. ¡Y además ha salido bien!

¿Llega el mensaje al ciudadano de que detrás de la ampliación del Museo del Prado, además de Foster, hay un estudio de arquitectura español?

Yo creo que sí. Bueno, al menos tengo esa percepción. Además, Foster y su estudio han tenido siempre la elegancia de decir que esto era una colaboración, nunca lo han ocultado; siempre lo he visto bien reflejado. Es verdad que él está en el estrellato absoluto y otros peleamos lo que podemos, pero esto es así.

¿Qué puede suponer para Madrid un proyecto como el de la nueva ampliación? ¿Es una ciudad destacada urbanísticamente hablando o le falta empuje arquitectónico?

Yo tengo una valoración altísima de la ciudad, y en eso sé que coincido con Norman Foster, que dice esto mismo siempre que puede en público. Creo que Madrid es una de las grandes ciudades del mundo. Lo que ocurre es que los madrileños no se acaban de dar cuenta o no lo quieren reconocer, o quizá no se les ha contado todo lo que pueden encontrar en ella para así valorarla como merece. Ten en cuenta que tiene una dimensión muy buena, un clima estupendo y un pasado fantástico. Sí es cierto, sin embargo, que tiene carencias puntuales. Digamos que no tiene un pasado medial, ni una época gótica, ni la explosión renacentista… Tampoco un gran arquitecto que la haya modelado, como el caso de [Antoni] Gaudí en Barcelona, [Charles Rennie] Mackintosh [en Glasgow] o [Víctor] Horta [en Bruselas], que marcaron el signo de sus ciudades. Pero el cúmulo de su historia es muy importante y el Prado es el principal activo no solo de Madrid, sino de toda España. Debo reconocer que el anuncio de su ampliación tuvo una repercusión mundial, se ha enterado todo el mundo, y que Foster esté detrás también ayuda; y él lo tuvo claro desde el principio. Quiero decir que su oficina tiene cientos de arquitectos, con proyectos por el mundo entero, y su atención durante el proyecto fue total, estuvo encima de todo siempre, incluso más que en otros proyectos en los que trabajaba su oficina en esos momentos. Este edificio puede llegar a ser la reivindicación del Madrid imperial, de aquella impresión que causaba en los embajadores de otros países cuando llegaban a él.

Usted va en solitario desde 2014, pero hasta entonces ha tenido varios socios. Quizá la asociación más fructífera fue con Enrique Álvarez-Sala, con el que levantaron una de las cuatro torres del norte del paseo de la Castellana de Madrid. ¿En qué está embarcado ahora el estudio de Carlos Rubio Carvajal?

[Se ríe] En un estudio de arquitectura parece que siempre estamos en muchas cosas, pero ten en cuenta que parte de ellas se trabajan y no salen. Eso nos ha pasado en Arabia Saudí precisamente hace poco. En Rusia hemos ganado algún proyecto, cobrado el premio y el compromiso de que algo haremos, pero todavía no se ha traducido en nada… Y aquí en España estamos haciendo proyectos interesantes desde todos los puntos de vista: oficinas, espacio público, ordenación del territorio, del suelo… En Alicante estamos convocados para hacer la ampliación de la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea, y vamos a ver si empezamos la construcción de una torre en Mataró de más de 20 plantas… Hay cosas que se mueven, pero no serán tan sobradas como la del Museo del Prado.

Fotografía Elisa Lorenzi

Vía L’Officiel Art España.