Reinventando los clásicos de la moda

En tiempos en que se revisan las grandes marcas clásicas, ¿mirar hacia adelante significa mirar hacia atrás?

Compartir
La moda clásica reinventada
Fotografiados en el museo de la moda Palais Galliera, en París, un vestido de 1939 de Jeanne Lanvin (izquierda), y un traje de la colección prefall de 2017 (derecha) diseñada por la anterior directora artística de la firma, Bouchra Jarrar, con el mismo estampado Bois Joli. El museo acoge 60.000 artículos de ropa y accesorios, incluyendo los archivos de Lanvin, cuyo almacenamiento se mantiene a una temperatura fresca de 18º C.

Los archivos de Balenciaga, casa de moda con 100 años de historia, se conservan en un almacén de hormigón en París. Entre los 6.000 objetos que alberga en total, se encuentran esculturales vestidos de noche de seda, abrigos cocoon y un abrigo de encaje con bordados de terciopelo en color tabaco que fue propiedad de Wallis, la duquesa de Windsor. Todos están cuidadosamente envueltos en bolsas de ropa de calicó. Las piezas más delicadas se conservan envueltas en un papel de seda libre de ácidos que las protege del polvo y de las polillas y descansan en cajas de cartón que en la empresa reciben el nombre de “los ataúdes”. La casa de alta costura Balenciaga, situada anteriormente en la Avenida George V, era una capilla consagrada al culto de la moda vista como un arte. Y aquí, en este enorme catálogo de diseños anteriores, el ambiente se transforma en el de una cripta o incluso en el de un santuario.

En mi visita al archivo, en la primavera de 2017, acababan de recibir la colección otoño de 2016, debut del nuevo director artístico de Balenciaga, Demna Gvasalia. El equipo de conservadores, capitaneado por el gerente del archivo Gaspard de Massé, se dedicaba a desenvolver las piezas con las manos enfundadas en guantes de algodón blanco, ya que los ácidos de la piel humana erosionan los tejidos. A estas piezas contemporáneas, iguales a las que acababan de abandonar las estanterías de las tiendas, se las trata con la misma reverencia con la que se trataría un vestido exclusivo de alta costura de Cristóbal Balenciaga, quien fundó la casa en 1917. En este espacio, transforman estas modestas prendas de forma que dejan de ser ropa contemporánea para convertirse en especies protegidas. El equipo del archivo delibera sobre cómo dar estabilidad a algunas de las piezas, por ejemplo, pasando costuras desde la cintura hasta el dobladillo para reforzar las faldas de curvas exageradas que amenazan con doblarse y deformarse si no se aseguran. Aquellas prendas que se pueden colocar tumbadas se guardan en posición horizontal: en uno de los “ataúdes”, por ejemplo, amplios pliegos de papel protegen uno de los trajes de noche de Gvasalia, un vestido sin tirantes en color plata elaborado con un tejido bordado de lentejuelas creado por la empresa textil suiza Jakob Schlaepfer. Las botas a juego se almacenan en otra habitación dedicada a los complementos modernos. La tarea interminable a la que se enfrenta el equipo de conservación es, en definitiva, asegurar que las creaciones de Balenciaga –antiguas, actuales y futuras– sobrevivan, aunque el paso del tiempo conspire en su contra.

La moda clásica reinventada
Un look clave de la colección de Christian Dior para la primavera de 1947, el año de su debut, fue el traje de tarde Bar (izquierda), un diseño que se ha convertido en un clásico de la casa. Maria Grazia Chiuri, directora artística de Dior para las líneas de mujer, reinterpretó este look con un conjunto de chaleco y falda-pantalón para su colección prêt-à-porter otoño de 2017, fotografiado en los archivos Dior Heritage, en la Avenue Montaigne. Son aproximadamente 9.840 las piezas que componen el archivo de Dior, que se inauguró en 1987 coincidiendo con una exposición para celebrar el cuadragésimo aniversario de la marca.

París es una ciudad que siempre ha reverenciado el pasado, quizá más que el presente, y que alberga los más antiguos (y muchos de los más grandes) imperios de la moda. Rituales como el de la casa Balenciaga se repiten en las marcas de moda de todo el mundo, pero los archivos de las casas parisinas son especialmente sagrados. Algunos de ellos se conservan en museos tradicionales, como es el caso del archivo de Lanvin, que se encuentra en el Palais Galliera, conocido como “Musée de la mode de la Ville de Paris”. También, junto a la Avenida Montaigne, el archivo de Christian Dior, que expone un conjunto de vestidos que se remontan hasta el año 1947 (el debut de Dior) en vitrinas de temperatura controlada para exhibir el patrimonio de la marca.

En una industria que tiene como catalizadores la novedad incesante y la innovación perpetua, esta entusiasta reverencia por la moda pasada se antoja incongruente. Pero aunque estos archivos fríos y oscuros puedan parecer depósitos de piezas muertas con sus envoltorios parecidos a sudarios y “ataúdes” de cartón, las creaciones catalogadas en su interior siguen muy vivas. A pesar del fervor casi religioso dedicado a su conservación, estas marcas no valoran sus diseños antiguos como reliquias del pasado, sino más bien como la base de creaciones futuras.

En la actualidad, el archivo es un centro de experimentación para los diseños del futuro. Para estas casas de moda, la historia se ha convertido en un preciado valor comercial con el que seguir construyendo un capital cultural que no se puede comprar. El invierno pasado, las colecciones de la Semana de la Moda en París para el otoño de 2017 destacaron por las referencias de las casas de moda a siluetas previas, elementos recurrentes y logotipos. Anthony Vaccarello, de Saint Laurent, cubrió los pechos con un pedazo de gasa en un vestido de terciopelo inspirado en un diseño idéntico de la colección de alta costura de otoño de Yves Saint Laurent del año 1992. Julien Dossena, de Paco Rabanne, ofreció una colección directamente inspirada en los diseños de cota de malla y eslabones de 1967, con un look futurista todavía vigente. Maria Grazia Chiuri subrayó la predilección de Christian Dior por el azul marino ofreciendo otra interpretación más del traje chaqueta ajustado emblemático de esta casa, bautizado como Bar desde 1947. Y la colección para mujeres de Demna Gvasalia en Balenciaga rechazó totalmente lo contemporáneo cerrando la muestra con nueve vestidos que recreaban íntegramente el look de las colecciones de la firma de los años 30 y 40. Los fantasmas volvían a la vida.

Es importante señalar que todos los diseñadores antes mencionados realizan sus creaciones bajo el nombre de otros, el de las firmas que son ya grandes marcas clásicas. Así, cuando un consumidor o incluso un gran grupo empresarial adquiere sus productos, está comprando su historia. Estas casas no buscan reconocimiento: ya se lo han ganado. En el mundo de la moda, lo conocido no se desprecia sino que se aprecia. Si los clientes están ya familiarizados con un nombre, es más probable que inviertan en esta antes que en marcas emergentes y desconocidas. El reconocimiento inmediato es la razón por la que los grupos empresariales optan en su mayoría por marcas de moda que ya funcionan como trampolines para jóvenes talentos en vez de apoyar nuevas marcas.

Karl Lagerfeld fue posiblemente el primero en revivir una firma de diseñador antigua y clásica, cuando fue nombrado director artístico de Chanel en 1982. Lagerfeld creó diseños que se identificaron de inmediato con el estilo de la casa gracias a su utilización de los componentes clásicos del repertorio de Gabrielle Chanel: trajes de tweed bouclé, perlas, cadenas, camelias… “Chanel no existiría sin la historia de Chanel. No tengo que hacerlo conscientemente, lo hago inconscientemente”, dice Lagerfeld por correo electrónico. Es una manera curiosa de expresarse, que tal vez quiere decir que no hay que intentar ser Chanel, pues el estilo de Chanel comprende todos los aspectos de la moda: ella inventó un ropero entero, desde el petite robe noire hasta el bolso con cadena pasando por los zapatos de dos tonos. “Hay muchos diseños que la gente piensa que son clásicos de la casa, pero fueron creados después de que yo llegara”, dice Lagerfeld. “Mi trabajo es hacer creíbles los diseños: solo así puede sobrevivir una casa de moda”.

La moda clásica reinventada
Paco Rabanne introdujo la cota de malla en el mundo de la moda en los años 60 con técnicas de construcción que utilizaban eslabones y placas en lugar de las costuras tradicionales. Arriba, este tejido distintivo de la marca es utilizado por Julien Dossena, el director artístico de la firma, en un vestido de la colección otoño de 2017 (derecha), elaborado con la misma técnica de cosido utilizada originalmente en un vestido recto de la colección primavera de 1967 (izquierda).

El gran éxito de Lagerfeld en la reinterpretación de la historia de Chanel se ha convertido en un modelo a seguir para las marcas de todo el mundo. Hoy en día, los creadores usan diseños de los archivos para reflejar con su estética individual el pasado de una marca. Por poner un ejemplo: puede que no se reconozca el nombre de Maria Grazia Chiuri de primeras, pero se aprecia el nombre y el estilo de Dior en sus diseños para la casa, como en la chaqueta Bar de cintura de avispa o en las faldas de vuelo. Lo mismo ocurre con Paco Rabanne: aunque el nombre del diseñador Julien Dossena solo les resulte familiar a los entendidos del sector, todo el mundo recuerda los vestidos de malla metálica de Barbarella, “o de Jane Birkin o de Françoise Hardy”, añade Dossena. Todos ellos, y por tanto Paco Rabanne, acabaron convirtiéndose en sinónimo de la era espacial de los 60. En el mercado actual, sobresaturado y confuso, que te reconozcan directamente como “¡Coco!” o “¡Bar!” o “¡Barbarella!” no tiene precio.

Desde una perspectiva empresarial, esta estrategia tiene sentido, pero plantea preguntas creativas y culturales más profundas, como la de a quién pertenece la historia. ¿Tiene permiso un diseñador que trabaja en una marca fundada por otro para resucitar la historia de su predecesor en busca de inspiración? El resultado es, a menudo, escasamente genuino o innovador. Pero puede que en estos momentos no anhelemos la novedad, sino la honestidad. Algunas firmas vuelven a lanzar diseños antiguos con cambios mínimos, o incluso sin cambios. Chanel, por ejemplo, ofrece diferentes versiones del 2.55, el bolso acolchado y con una correa de cadena diseñado originalmente por Gabrielle Chanel en 1955. Tal vez esto sea un reflejo de un ansia global por lo vintage, por una autenticidad que creemos que solo se puede encontrar en el pasado.

Sin embargo, puede que esa mirada al pasado no sea producto del entorno ideológico o filosófico de nuestro tiempo, la búsqueda de los artículos genuinos, sino más bien una cuestión más práctica relacionada con la oferta y la demanda, una necesidad de rapidez. Los diseñadores de moda suelen producir cuatro colecciones por temporada (más las múltiples colecciones comerciales intercaladas), y algunos de ellos diseñan para dos o más marcas diferentes. Por ejemplo, Gvasalia tiene Vetements, y Lagerfeld su línea homónima y el papel de codirector creativo en Fendi. Copiar diseños existentes es una solución fácil para un sector que cada vez exige más a sus diseñadores, de modo que se ha ido convirtiendo en una práctica cada vez más habitual desde comienzos de los 90, cuando los periodistas empezaron a utilizar el término revival para referirse a las creaciones de algunos diseñadores fieles a estilos precedentes. Al mismo tiempo, se disparó la demanda por la ropa vintage: otro ejemplo de esa sed de autenticidad y, tal vez, una rebelión contra la obsolescencia programada de la moda.

Pero ¿dónde está la ética de imitar con tanta fidelidad diseños ya existentes, aunque el “nuevo” y el original lleven la misma etiqueta? El estilo revival actual ofrece a menudo recreaciones exactas y no meras interpretaciones. Está ampliamente aceptado que una casa de moda pueda hacer referencia libremente a su propio pasado. El nombre bajo el que trabajan da vía libre a los diseñadores, y las piezas conservadas en los archivos las que les dan acceso a patrones con los que trabajar. “Si quieres conocer una marca, tienes que conocer su historia”, dice Chiuri de Dior. “Nada más llegar aquí, hace un año, decidí que mi labor es ser la curadora de esta herencia [de Dior]. Y por otro lado, también trato de dar mi punto de vista”.

La moda clásica reinventada
En la escalera de espejos que lleva a los salones de alta costura de Chanel, en el número 31 de la Rue Cambon –designado monumento histórico por el Ministerio de Cultura de Francia–, uno de los vestidos negros distintivos de Gabrielle Chanel para la colección de alta costura de otoño de 1954 (izquierda) se exhibe junto al modelo de la colección de alta costura otoño de 2015 de Karl Lagerfeld (derecha), al que sirvió de inspiración. El archivo de Chanel, en Pantin, en las afueras al noreste de París, da trabajo a unas 15 personas y acoge en su interior más de 50.000 piezas.

La verdad es que se trata de un equilibrio delicado, pues, aunque suene irónico, el potencial de los archivos de una casa (y su valor) solo puede medirse por los méritos de su diseñador actual. Chiuri se sirve del término “curadora”, una palabra que muchos diseñadores invocan para describir una relación algo incómoda entre el presente y el pasado en su trabajo. Parte de su papel, en este tipo de marcas, se limita a ofrecer una nueva visión de una estética sólidamente preestablecida, esto es, a reinventar, o al menos modernizar, la rueda. Los diseñadores tienen la tarea de conseguir que la prensa y los consumidores se entusiasmen con algo que puede que hayan visto muchas veces antes.

La pregunta es si volver la vista atrás satisface el impulso artístico de un diseñador de crear algo nuevo. “Si piensas demasiado en Saint Laurent [el diseñador], el lastre es tan pesado que no puedes hacer nada”, dice Anthony Vaccarello, “demasiado ‘homenaje’, demasiado antiguo”. La estrategia de Vaccarello ha sido combinar elementos pertenecientes a distintos estilos de Saint Laurent. Puede servir de ejemplo su recreación de un vestido de 1992, en el que el corpiño se combinaba con una minifalda inspirada en los diseños de los años 60 de Saint Laurent, en lugar de la falda larga del vestido original. Vaccarello crea combinaciones nuevas, en lugar de reproducciones fieles. “Para mí es normal convivir con el peso de la historia porque nací en Roma”, dice Chiuri. “Adoro los archivos, me apasiona la historia y me encantan los recuerdos, pero no soy nostálgica. Quiero que se use ahora”. Sus colecciones hacen referencia a estilos particulares de Dior: la colección de alta costura otoño de 2017 ofrecía reinterpretaciones de vestidos específicos de Dior de todas las colecciones entre 1947, el año en que se fundó la casa, y 1957, en el que falleció Christian Dior. En el mejor de los casos, las referencias al archivo, como las que mantiene Chiuri, conectan intrínsecamente lo nuevo con lo antiguo y tejen una historia perfecta que puede evolucionar constantemente.

La moda clásica reinventada
En los archivos de Balenciaga, las prendas del fundador de la casa, Cristóbal Balenciaga, se envuelven en bolsas blancas de calicó para diferenciarlas a primera vista de la ropa creada por sus sucesores de este siglo, Nicolas Ghesquière, Alexander Wang y Demna Gvasalia, cuyas creaciones se guardan en bolsas de color negro. A la derecha, un diseño de la colección otoño de 2017 de Gvasalia, que recuerda a un estampado floral de la colección de alta costura primavera de 1964. El original sobrevive en el archivo en forma de vestido tubo con estola fruncida (izquierda).

Ahora bien, este no es necesariamente el caso de todas las casas de moda clásicas francesas. La firma Balmain, establecida en 1945, ha renacido manteniendo apenas una relación forzada con el estilo inconfundible de su fundador, Pierre Balmain, que, si bien es menos conocido, fue contemporáneo de Christian Dior. Su estilo era conservador y ornamental, y esta última cualidad es probablemente el único vínculo de su reencarnación contemporánea en la propuesta de Olivier Rousteing, cuyo sello distintivo es su pasión por los adornos elaborados. Louis Vuitton no tenía experiencia en el diseño de ropa antes del nombramiento de Marc Jacobs como director artístico en 1997; y Nicolas Ghesquière se inspira para sus prendas en el pasado de Vuitton como fabricante de maletas (un legado que la marca celebra con una exposición dedicada a su patrimonio en el MoMA de Nueva York hasta marzo de 2018), así como en la excelencia de la marca en la marroquinería y en sus nociones abstractas de funcionalidad.

El respeto por la historia es importante, pero cuando el respeto se convierte en reverencia puede frenar el ingenio. Para trazar el mapa de los principales cambios de la moda acontecidos durante el siglo pasado, lo mejor es observar a los creadores disconformes con el tiempo pretérito. En este sentido, el rechazo a los estilos preexistentes se vuelve casi un requisito previo para crear algo nuevo y que sea digno de mención. Incluso el debut de Dior en el año 1947, con una colección firmemente arraigada en nociones nostálgicas de feminidad y repleta de siluetas y técnicas victorianas, representó una ruptura con la moda que lo había precedido hasta ese momento: el estilo de los años de guerra, lleno de faldas cortas y hombros cuadrados. El nuevo estilo que propuso Dior será siempre conocido como el New Look. Y lo mismo sucede con el vestido negro (conocido como petite robe noire) de Gabrielle Chanel de los años 20, y los estilos anárquicos y agresivos del punk. Eran todos nuevos en el momento de su creación.

Pero se trataba de un tiempo en el que se reinventaban los valores estéticos, las nociones de lujo y los ideales de belleza. Estos acontecimientos se dan raramente, por lo que no tiene sentido pensar que la moda pueda aportar muchos más. Aun así, la historia no se debe (ni se puede) abandonar; puede actuar como un caballo de Troya, ser un disfraz para nuevas revoluciones. Las viejas denominaciones pueden esconder trucos nuevos… o nuevos looks, tal y como los llaman en la Maison Dior. Demna Gvasalia, sin ir más lejos, describió su colección de otoño para Balenciaga como un “homenaje” que, a su vez, comparó con un rito de iniciación. “Tengo que demostrar que soy capaz de entrar en una casa y no ponerme a construir descaradamente mi propia historia sin conocer la suya antes”, dice refiriéndose a los archivos. “Sé que Cristóbal se exasperaría si viera muchas de las cosas que hago, pero ahora me siento libre para crear mi propia historia”.

Fotografía Annabel Elston
Realización Enrico Pompili y Valentina Cameranesi
Producción Bird Production
Asistente de fotografía William Marsden