Prada denuncia con Iñárritu el drama de los espaldas mojadas

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Instalación de Alejandro González Iñárritu en la Fundación Prada de Milán

En el plazo de media hora paso del potente aire acondicionado de la tienda de Prada en Vía Montenapoleone a encontrarme descalzo sobre la arena de una cámara oscura en la Fundación Prada en Milán. En la tienda de Montenapoleone, en el primer piso, me he fijado en una camisa con estampado de damero con la que me imagino más elegante, más yo. Me piden 540 euros y se me encojen las tripas, me marcho disimulando mi dolor con un “buona sera” lo mejor pronunciado que se.

Treinta minutos después, el equipo de comunicación de Prada me ha citado para asistir, de manera individualizada, al proyecto Carne y Arena del director mejicano Alejandro González Iñárritu (53). Doy mi santo y seña, comprueban mi puntualidad y me entregan un documento de tres folios para leer y firmar antes de la experiencia. No se si alguna vez te has hecho alguna operación, o un TAC, pero lo que firmé se parece mucho a una renuncia médica de responsabilidades.

En el documento eximes a la Fundación Prada de cualquier cosa que te pueda suceder mientras permanezcas ahí dentro. He firmado alguno de esos documentos, como se firman, las condiciones de las actualizaciones de Apple. A lo loco. Pero este decidí leerlo, despacio. Un poco acojonado eché el garabato y le pregunté a la chica de información si la experiencia era peligrosa ante tanta advertencia de lavarse las manos ante mareos, nauseas o problemas del corazón. Tranquilo, es “nice”.

Instalación de Alejandro González Iñárritu en la Fundación Prada de Milán

La experiencia, bautizada Carne y Arena (virtualmente presente, físicamente invisible) busca denunciar utilizando las técnicas de realidad virtual el drama de los inmigrantes que intentan cruzar la frontera del Río Bravo (3034 km). “No hay actores aquí, todas son historias reales”, explica Iñárritu.

“Quítese los zapatos y espere aquí”. La sala, a quince grados de temperatura, es un cementerio de zapatos perdidos por inmigrantes, abuelas, padres, primos, hermanos y niños durante la travesía. Ver tus New Balance de última generación al lado de los devastados números sueltos de los espaldas mojadas es ya un bofetón. Descalzo, con los pies helados, el corazón empieza a latir a otro ritmo, el de la solidaridad. “Cuando se encienda la sirena roja, entre en la siguiente habitación”. Iñárritu quiere que tu conciencia vibre. La siguiente sala está limitada al sur por un gran muro, calcado del que separa ambas fronteras. El suelo es de arena, y allí descalzo y a oscuras dos operarios te colocan unas gafas de realidad virtual, unos auriculares y una mochila. “Pase lo que pase, no corras…pero puedes moverte por la sala”.

La realidad virtual te zambulle en una familia de espaldas mojadas, acompañados por un coyote, siempre en contacto continuo con la base a través del móvil. Llevan tres días por el desierto, a uno de los chicos le ha picado una araña, hace días que no comen ni beben, es de noche. Y de repente, la violencia de los patrulleros, en helicóptero, con perros, con sirenas y a caballo. Estremece ser testigo tan real de esta ficción que lo es solo porque está en la Fundación, porque al sur del Río Grande es cotidiana.

Instalación de Alejandro González Iñárritu en la Fundación Prada de Milán

Tras 15 minutos de violencia verbal por parte de los patrulleros, cuando se apaga el “videojuego”, te sientes aturdido, indignado y sigues descalzo. Camino de la siguiente sala, te devuelven tus zapatos y conoces a través de seis videos a las personas reales que protagonizan la historia. Sus pupilas, las bolsas de sus ojos, el color raído de su cabello y sus dramas personales te estremecen más que los pixeles.

Cuando empujo la puerta final y tiendo mi alma al abrasador sol milanés, me encuentro a una mujer que también está asustada por lo que ha firmado. La mujer busca contacto visual conmigo, como para que le diga que allí no pasa nada, pero si que pasa. Y mucho. Fuera la camisa de 540 euros sigue a la venta.