Josep Font nos abre su casa

En ella, además de enseñarnos sus objetos más preciados, nos cuenta un secreto: como ha hecho de Delpozo, en tiempo récord, la firma española con mayor proyección internacional.

Compartir

Hay un punto de inflexión en la vida de Josep Font. Sucedió hace cinco años, cuando fue nombrado director creativo de Delpozo y se trasladó a vivir a Madrid. Primero se instaló en un piso en el que no se terminaba de sentir como en casa, por eso no lo decoró.“Estaban mi cama y cuatro cosas más”, precisa. Así que se puso a buscar. Tenía varias agencias contactadas y cada día veía dos o tres, hasta que llegó a este: un último piso en el centro de Madrid, una casa singular y con muchísima luz gracias a sus tres terrazas que, rodeadas de plantas, lo convierten en un oasis en pleno corazón de la gran ciudad.

Se quedó con el piso. Para empezar lo dejó como un lienzo en blanco, y es que “cambié todos los muebles. Me traje algo de Barcelona, pero poco porque allí vivía en un loft muy grande en Pueblo Nuevo y aquí no me cabía tanto. Todo lo que he traido son recuerdos, y así he hecho mío el piso”, cuenta. Su carácter es racionalista. Pocas cosas, escogidas y sobrias. Todas ellas guardan un significado especial para él, como una pareja de sillas de Jean Prouvé, de quien es muy fan, totalmente en madera y procedentes de Alemania; una moldura procedente de un antiguo palacio italiano; un Jack Skellington (el protagonista de Pesadilla antes de Navidad) de edición limitada en dorado o un globo terráqueo que se mueve con la luz. Todas estas piezas le acompañan siempre allá donde vaya. La vivienda tiene un aire relajado, en tonos naturales, casi nude –por las maderas, la escayola y el mármol– con pinceladas de color en las pinturas y determinados objetos como el dinosaurio lacado en rojo.

Detalle del salón de Josep Font.
Rincón del salón de su casa. En el segundo estante, escayola de una fábrica del Ampurdán e icono de Vilnius; en el tercero, ilustración de Tina Berning; dinosaurio de Sui Jianguo y butaca de Carl Hansen de 1951.

La casa de Josep Font –el continente y el contenido– es como su moda, arquitectónica, elegante y delicada. Esa delicadeza que tienen sus vestidos es la misma que la de unas alas de mármol en la estantería o la cabeza de un ángel en escayola. Responden a una sensibilidad que le ha caracterizado desde su más tierna infancia. “Mi madre era una mujer que vestía muy bien y recuerdo acompañarla a tiendas míticas de Barcelona, como Santa Eulalia, que antes tenía colección propia y hacía vestidos de noche. Mi madre debía ver que yo tenía criterio, porque siempre me preguntaba si lo que se probaba me gustaba”, recuerda.

Pero la moda como carrera profesional tardó algo más en llegar. Por imperativo familiar tuvo que escoger otros estudios. “Siempre lo tuve en la cabeza. Pero cuando empecé la figura de diseñador no existía. Yo sacaba buenas notas y lo que querían en mi casa es que hiciera carrera, así que empecé Arquitectura porque era la más creativa de todas. Justo un año antes de terminar comencé Diseño sin que mi padre se enterara. Hasta que me dieron un premio internacional de moda en París. Me presentaron desde la escuela y mi tío se enteró porque apareció en el diario El País y se lo dijo mi padre. No se lo podía creer. Las palabras textuales de mi padre fueron: ‘¿qué eres, modisto?’. Después me dijo: ‘si te gusta, me parece muy bien, pero tienes que ser el mejor’”.

Cabeza de escayola.
Alas de ángel de mármol.

Los estudios de arquitectura le han servido para dar forma a una visión muy particular de la moda, donde la estructura y el volumen mandan. “A la hora de trabajar siempre empiezo por la estructura. La estudiamos para que te puedas mover, sentar… A veces levantas las faldas y ves maravillas, obras de arte. La forma de la prenda es sencilla, pero para que la ropa tenga ese volumen, no pese y quien la lleve se pueda mover, ha de tener una estructura debajo. Recuerdo una falda que nos llevó tres meses de experimentación”, comenta sobre su trabajo metódico en el taller. Al hablar de la situación de la moda actual y compararla con sus inicios, lo que más le llama la atención es la rapidez  con la que se mueve y cambia todo. “Lo que veo en la moda de hoy es la cantidad de colecciones y la rapidez con la que se ‘quema’ el trabajo. Antes hacíamos dos desfiles al año y veías las fotos en las revistas al cabo de seis meses. Ahora antes de que empiece un desfile estás viéndolo en Instagram. Pero debes evolucionar con el mercado. Por eso siempre digo que para mí el verdadero lujo es el tiempo. Es que ya no hay tiempo de terminar las ideas”.

Después de cinco años al frente de Delpozo y tras renovar su imagen, haciéndola más fresca, joven e internacional, toca afianzar la firma. “Ya es una marca global –apunta–. Todo el mundo espera ya las colecciones. Ahora estamos centrados en potenciar más los complementos. Ha sido todo muy rápido porque Delpozo, a nivel internacional, es una marca nueva”. Y tan rápido, a día de hoy cuenta con 72 puntos de venta en todo el mundo, desde España a Japón, pasando por Rusia, Taiwán, Singapur o Nigeria y en las mejores tiendas, como Harrods, Selfridges, Sack’s, Lafayette, Luisa Via Roma… Algo está haciendo muy bien Josep Font al frente de este barco, aunque no tiene una fórmula secreta. “Cada temporada suelo ir a París –cuenta–, donde tenemos un showroom propio, y yo voy al final de las ventas y celebro una reunión con todos los comerciales. Al final la conclusión es que debo hacer lo que a mí me parezca bien, porque en París te piden unos colores o unas formas y en Japón, otros. Tengo que seguir en la línea de mi trabajo porque al final está funcionando”.

Alfonso, el gato de Josep, su fiel compañero, pintura de un discípulo de Max Bill, figuras de Alexander Girard para Vitra sobre unos libros y mesa de los 60 del Rastro de Madrid.
Pintura de Edgar Plans de la serie Héroes.
Pintura de La Chunga.

Así la nueva colección, Primavera-Verano 2017, es un viaje hacia la luz en el que confluyen dos artistas en origen diferentes, el pintor español Joaquín Sorolla y la artista visual coreano-americana Soo Sunny Park. El punto de partida es la pincelada luminosa del primero que se refleja en los blancos, los tonos limón, lila o verde manzana, y que se complementa con los tejidos etéreos y los estampados luminosos inspirados en las instalaciones de malla metálica y plexiglás iridiscente de Park.

Imagen de la colección Primavera/Verano 2017.

Quizá esta luz que inunda su colección es la misma que baña su piso. Y, aunque no tiene nada del trabajo en casa –“para mí es importante separar”, dice–, “todo lo que haces, todo lo que ves, influye en mis creaciones”. Además, todo lo que uno elige en su vida tiene un denominador común: la sensibilidad del sujeto.

Fotografía Javier Biosca
Realización Ildara Cuiñas