Casas japonesas: otra vivienda es posible

Recorremos la evolución y revolución de la casa tradicional japonesa desde la mitad del siglo XX.

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Casas japonesas: Kiyoshi Ikebe Residence No. 76 (1965)
Kiyoshi Ikebe Residence No. 76 (1965) es una vivienda compuesta por una serie de módulos hexagonales elevados sobre el terreno. ©Tomio Ohashi.

Las diferencias culturales entre Oriente y Occidente son muchas. Para empezar, la concepción del espacio y, por tanto, de su arquitectura. Mientras en Occidente se perciben los espacios por los objetos que hay en ellos o el uso que se les da; en Japón el concepto espacial de la arquitectura tradicional japonesa se basa en la fluidez, flexibilidad, transparencia, ausencia de límites y jerarquías, simplicidad y relación con la naturaleza. Debido a esto, surgen los espacios intermedios, un mecanismo arquitectónico de relación del interior de la vivienda con el exterior.

El desgaste de grandes ciudades japonesas como Tokio, Hiroshima y Nagasaki como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial sirvió como estímulo para el desarrollo de nuevos esquemas arquitectónicos en el periodo de la posguerra. En ese contexto se introdujeron nuevas técnicas, materiales y estilos, se empezaron a conectar los espacios, las áreas abiertas se convirtieron en elementos esenciales a la hora de construir junto con la exploración de formas geométricas y la inclusión de diversas fuentes de luz. Éstos y otros rasgos configuran las posibilidades ilimitadas en la creación de los edificios japoneses en los últimos 70 años.

También los cambios sociales de los años posteriores a la guerra hicieron que se pasara de un modelo de familia tradicional a uno conyugal, de padres e hijos. Así, el modelo de casa unifamiliar constituyó el lugar de estudio y experimentación que funcionaba a modo de crítica de la sociedad y proponía soluciones innovadoras de cambio en el estilo de vida. Múltiples ejemplos de arquitecturas excéntricas se produjeron en la construcción de viviendas en ese periodo en el que el gobierno japonés alentaba a los individuos a obtener sus propias casas y tierras. Partiendo de esta situación, el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio, MOMAT, expuso una cuidadosa selección de edificios que reflejan la historia de la arquitectura japonesa hasta nuestros días en La casa japonesa: arquitectura y vida después de 1945.

Casas japonesas: Kenzo Tange Casa (1953)
Kenzo Tange Casa (1953) es un ejemplo de adaptación de la aquitectura tradicional japonesa a los usos de la vida moderna. ©Cortesía de Michiko Uchida.

Los arquitectos en Occidente proyectaban edificios públicos. En Japón, el foco estaba en las viviendas privadas. La casa japonesa constituía una forma de criticar la historia, el entorno, la ciudad, el concepto de familia e incluso el mismo formato de la arquitectura. En este sentido, Kenjiro Hosaka, comisario de la muestra, apunta: “Por supuesto no toda la arquitectura japonesa es crítica. Una cantidad significativa de arquitectos diseñan casas críticas y las sitúan en la ciudad. Aunque el efecto sea gradual, ellos creen que será lo que produzca un cambio. La mayoría de las construcciones en esta exposición fueron elegidas por este motivo.” Los diseños de las arquitecturas, a pesar de estar restringidos al núcleo familiar y sus necesidades privadas, pasan a ser mucho más libres.

La genealogía estructural es el hilo conductor y el elemento decisivo en esta exposición. Debe ser entendida no como una vuelta a los orígenes para descubrir las raíces de la arquitectura japonesa, sino lo contrario, un compromiso que garantice el esfuerzo para dispersarlas. “Aunque dudo en decirlo, cuando los japoneses entran en contacto con una cultura que no les es familiar, tienen la tendencia de buscar en los orígenes para alcanzar un conocimiento más profundo. Pero me gustaría aclarar una cuestión. El origen es una cosa que nunca debemos considerar, como tampoco debemos considerar si una determinada cosa es la mejor o no. Esto situado a nivel personal se ve con claridad. Cada uno de nosotros tiene una multitud de ancestros y el hecho de vivir en este tiempo y espacio particular es, simplemente, el resultado de una larga secuencia de accidentes. Lo mismo ocurre con la arquitectura”, señala Kenjiro Hosaka.

Casas japonesas: he Farmer’s House de Osamu Ishiyama y Kaitakusha-no-ie, 1986
The Farmer’s House de Osamu Ishiyama y Kaitakusha-no-ie, 1986. ©Osamu Ishiya.
Casas japonesas: Leek House, de Terunobu Fujimori, 1997
Leek House, de Terunobu Fujimori, 1997. ©Akihisa Masuda.
Casas japonesas: White U, de Toyo Ito, 1976
White U, de Toyo Ito, 1976. ©Koji Taki.

Si la Restauración Meiji (1866-1869) había abierto Japón a Occidente durante siglos de ostracismo, desde mediados del siglo pasado se produjo una mayor admiración por el Oeste. Jugando con las mismas variables de la arquitectura en Occidente comenzaron a desarrollarse diferentes líneas de trabajo. Algunos arquitectos optaron por la fusión de la arquitectura tradicional japonesa y las costumbres de la vida moderna. Este es el caso de Kenzo Tange, que para su casa en Tokio, usó los materiales más convencionales de Japón, como la madera y el papel, y levantó sobre pilares la vivienda, otro rasgo tradicional de la casa japonesa que permite generar una mayor flexibilidad en los espacios dándole diferentes usos a la vivienda en función de sus necesidades. Kiyoshi Ikebe, atendiendo a la severidad económica y los cambios sociales de este periodo (migración del campo a la ciudad, familias conyugales, la igualdad entre géneros, etc.), trabajó en proyectos de construcciones mínimas de viviendas familiares como prototipos experimentales de producciones en masa. Estos enfoques no tuvieron mucho éxito. Los arquitectos eran mejores proponiendo modelos ideales y desarrollando conceptos de cómo las personas tenían que vivir. Otra tendencia coexistente en el momento era la arquitectura sensorial-espiritual, u holística, algo vinculado estrechamente al concepto espiritual sintoísta del país, en claro contacto con la naturaleza. Un claro ejemplo es White U, una casa que el arquitecto Toyo Ito diseñó expresamente para su hermana tras fallecer su marido debido a una enfermedad. Los requisitos para la construcción estaban ligados al estado emocional de la familia, concretamente querían estar a nivel del suelo y conectados con la naturaleza y que se pudiera establecer conexión visual entre ellos desde cualquier punto de la casa. En esa línea se encuentra el trabajo de Terunobu Fujimori, un historiador que crea arquitecturas aparentemente tradicionales cuyos acabados en las superficies insinúan la singularidad de sus edificios. Esto se aprecia en su obra Leek House, con el tejado cubierto de macetas de plantas en las que se observa una interacción constante con el paisaje. En la arquitectura en la ciudad, el trabajo se centra en la redefinición de los espacios vacíos. Los arquitectos Sou Fujimoto y Ryue Nishizawa son representativos en este movimiento en el que los espacios interiores son susceptibles de cambios continuos en función de las necesidades de sus habitantes. La casa puede actuar como un solo espacio o como una colección de habitaciones donde las actividades pueden desarrollarse a diferentes escalas, proporcionar intimidad, o acoger a grupos de invitados. Sou Fujimoto lo describe como una unidad de separación y coherencia asociada al concepto de vivir en un árbol y declara: “La estructura de acero blanco no comparte ninguna semejanza con un árbol. Sin embargo, la vida y los momentos en este espacio son una adaptación contemporánea de la riqueza que alguna vez experimentaron antiguos predecesores cuando habitaron en los árboles. Constituye una experiencia entre la ciudad, la arquitectura, los muebles y el cuerpo que es igual a la relación entre la naturaleza y la artificialidad”.

En la actualidad, existe una inclinación en la que se intenta interpretar la arquitectura vernácula, la auténtica y tradicional de cada región. Se trata de una tentativa por asumir la ciudad como una forma más de la naturaleza para producir paisajes urbanos más apropiados. La arquitectura debe formar vínculos con el entorno, adecuarse al paisaje en lugar de resaltar por sí misma. Por otro lado conviven propuestas más arriesgadas, como la de los arquitectos Arakawa y Gins, que trabajan con un equipo multidisciplinar que incluye biólogos, neurocientíficos y físicos cuánticos para crear experiencias completas donde se reta a los sentidos y se involucra activamente al cuerpo.

La evolución de la vivienda japonesa ha generado una brecha entre la casa tradicional y la actual, evidente para extraños en ciudades como Tokio. Una inercia que nos hace adivinar un futuro arquitectónico próximo y sorprendente en Japón.

Casas japonesas: Casa Moriyama, de Ryue Nishizawa, 2005
Casa Moriyama, de Ryue Nishizawa, 2005. ©Takashi Homma.
Casas japonesas: Casa NA, de Sou Fujimoto, 2011
Casa NA, de Sou Fujimoto, 2011. ©Iwan Baan.