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La burbuja que no estalla

Bubbletecture avisa: el futuro son las estructuras y diseños hinchables.

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El primer recuerdo de un objeto hinchable: una piscina infantil, un castillo de feria. O una pelota saltarina. La de Sharon Francis tenía dibujado un smiley y le despertó una fascinación que todavía perdura.

Hacía poco que volvía de visitar los invernaderos del Proyecto Eden cuando la editora de Phaidon, Virginia McLeod, le propuso comisariar Bubbletecture: Arquitectura y Diseño hinchable. Francis ya conocía la instalación itinerante Luminarium de Architects of Air, la obra del brasileño Geraldo Zamproni Cosy Structure y la serie Comfort de los artistas Lang/Baumann: “Todos estos proyectos me conmovieron de alguna manera y tenía mu- chas ganas de seguir investigando el género”.

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Sleeping Bag Dress, de la artista mejicana Ana Rewakowick. Foto: Richard-Max Trembla.

El libro registra desde estructuras de gran envergadura, como el estadio Allianz Arena de Herzog & de Meuron, hasta las piezas del joyero danés Kim Buck —los anillos hinchables de la serie Puffed Up 2011-2016, soldados en oro ligero de 999,9 quilates, eran uno de los trabajos finalistas del Loewe Craft Prize de 2017—, por eso la autora ha estimado conveniente especificar en cada ficha el tamaño en comparación con ambos extremos. “Una indicación de qué lugar ocupan dentro de este espectro da una idea del contexto”, explica esta arquitecta.

Bubbletecture es, esencialmente, un catálogo de los trabajos más innovadores en cada campo, pero eso no impide que su autora consiga, en apenas siete páginas, introducirnos en el pasado y presente de los diseños hinchables. Es por ella que nos enteramos de la existencia en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial de Ghost Army, la unidad de élite que hacía retroceder al enemigo engañándolo con tanques inflables. O que la empresa española Zero2Infinity se prepara para lanzarnos a la estratosfera en un globo de helio. “Mi padre es astrofísico y ha utilizado globos para reducir el coste de las misiones espaciales. Al sustituir el cohete y subir sólo a 36 kilómetros, que viene a ser el triple de la altura que alcanza un avión de línea, reducimos mucho el riesgo y podemos centrarnos en otros aspectos como la presurización de la cabina o los modos de descenso de emergencia”, dice José Maríano López-Urdiales, CEO de la compañía.

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Dactiloscopia Rosa, del colectivo Plastique Fantastique. Foto: cortesía de Penique Productions

En la nave de Bloon caben seis personas, cuatro pasajeros y dos tripulantes. Laura Homs, una de las estudiantes de la Escuela Universitaria de Diseño e Ingeniería de Barcelona que ha participado en el proyecto, recuerda que ella y sus compañeros se encerraron durante seis horas en un espacio de 12 metros cuadrados: “Comprobamos que pasar tanto tiempo en un lugar sin nada que hacer es agobiante. Eso nos has servido para ver qué podíamos incluir en la nave”. Los pasajes de Bloon costarán 110.000 euros y saldrán desde el estrato-puerto europeo que se ha construido en Jaén. En estos momentos, Zero2Infinity trabaja en un prototipo a escala real de Bloon. “Si todo va bien, esperamos estar operativos en un par de años”, cuenta López-Urdiales.

Nada más graduarse en Arquitectura, Marco Canevacci alquiló con un grupo de amigos una fábrica vacía en el distrito berlinés de Friedrichshain: “Como era muy caro calentar todo el espacio, empezamos a producir pequeñas burbujas y a rellenerlas con aire caliente. Esta experiencia DIY es el principio de Plastique Fantastique“. Desde 1999 este colectivo se ha especializado en instalaciones hinchables site-specific como Dactiloscopia Rosa, que diseñaron para la Nave 11 de Matadero Madrid. En el interior de la mano gigante —otro de los trabajos destacados por Francis— se mostraba una exposición de la historia del fanzine queer en España y diversas piezas de videoarte comisariadas por la galería de arte La Neomudéjar. “Al poder trabajar sólo en ciertas localizaciones y temporalmente, las estructuras neumáticas son un gran medio”, dice Canevacci. “Se pueden enviar y guardar ocupando poco espacio. Se montan y desmantelan en poco tiempo comparado con la arquitectura tradicional. Y, encima de todo esto, no dejan ningún rastro después. Es como si nada hubiera pasado”.

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Silla Anda, un diseño de la israelí Tehila Guy. Foto: Tehila Guy