Así es la original casa de Andrea Tognon en Milán

En un rincón aislado de Milán, un arquitecto ha hecho de un complejo industrial abandonado su casa estudio. Y más que transformar el lugar, ha sido este el que le ha cambiado a él.

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La casa de Andrea Tognon en Milán
Grandes dimensiones. La enorme entrada al complejo industrial, situado al norte de Milán, que Andrea Tognon ha transformado en una casa estudio sorprendentemente bonita.

El barrio de Bicocca, en el norte de Milán, no se caracteriza por ser la fuente de inspiración típica para un arquitecto. En parte industrial (pero no como las naves forjadas en hierro noble), nada acogedor y en gran parte desprovisto de relevancia histórica, Bicocca se encuentra a solo 20 minutos en coche de la milla de oro de la moda formada por Via Monte Napoleone, Via della Spiga y Via Sant’Andrea, pero, mientras esta zona es refinada y deslumbrante, ese barrio es adusto y apagado. Un punto a destacar es Borgo Pirelli, una construcción de principios del siglo XX, con tejados rojos y un cúmulo de apartamentos de techo bajo que alberga ahora viviendas públicas. Fue levantado para alojar a los trabajadores de la fábrica de neumáticos Pirelli y que estuviesen cerca de la cadena de montaje. En 2004, la compañía convirtió uno de sus espacios en una oscura galería, la HangarBicocca, que exhibía instalaciones de 82 toneladas de peso creadas específicamente para el lugar por el artista Anselm Kiefer, pero no se dio el efecto Bilbao, es decir, no llegó un chorro de artistas en busca de un espacio. Las cosas cambian poco a poco en Italia, y los milaneses no destacan precisamente por verle la gracia a la aspereza.

Pero precisamente fueron la crudeza, la falta de romanticismo y el aire hostil del barrio los que atrajeron al diseñador y arquitecto Andrea Tognon. Conocido por su habilidad para idear y crear con rapidez boutiques para marcas como Céline, Jil Sander y Max Mara, rehúye del resplandor y el ajetreo en su vida privada, y prefiere vivir en espacios pulidos con naturalidad, una opción que le viene de su paciencia cercana a lo zen y su preferencia por la contención. Así, en 2010 se mudó a unos tres kilómetros del piso convencional en el que había vivido y trabajado en Bicocca para crear, muy, muy lentamente, una casa estudio excepcional en un complejo de oficinas industrial abandonado. Se encuentra en una carretera que incluso a los taxistas les cuesta encontrar, donde la matricaria brota entre las grietas del pavimento, no se ve ningún café ni tienda.

La casa de Andrea Tognon en Milán
La habitación, antes cubierta por una capa de vinilo marrón apagado, en la que una vez probablemente se alojaron contables u oficinistas, ha sido pintada en tonos suaves. En la pared cuelga un lienzo agujereado que Tognon encontró mientras ayudaba a un amigo a rediseñar un espacio contiguo al que una vez fue el estudio de Lucio Fontana; le gusta pensar que es un descarte de Fontana. Sobre la mesa, ónix blanco y rosa y algunas piedras de su playa favorita en Liguria.

Si Tognon no tiene prisa en que se gentrifique la zona, es porque ha visto lo que sucede cuando un sitio se transforma de un día para otro. Nacido en Padua, donde su padre tenía una fábrica de muebles a medida para los showrooms de los diseñadores, pasó la mayoría de años entre el 2000 y el 2010 en un estudio apartamento en Williamsburg, Brooklyn, diseñando un montón de tiendas en Estados Unidos para Bottega Veneta, observando con tristeza cómo los talleres románticamente conservados que habían sido ocupados por pintores, escultores y artesanos daban paso a bloques de apartamentos de gran altura y fachadas de vidrio saturadas de habitaciones y chimeneas. Se dio cuenta de que era el momento de volver a Europa. “Aquí”, dice, con voz baja y suave, “no te acuestas con la preocupación de que al día siguiente todo haya cambiado”.

Cuando Tognon encontró la propiedad de 3.700 metros cuadrados, era un vertedero con tan poco valor que los dueños se lo cedieron sin coste alguno, a sabiendas de que sólo podría mejorar. Detrás de la enorme pared arqueada que da a la calle, había un bloque cúbico de posguerra en el que en su momento se desempeñaban operaciones administrativas y, pasado un patio mal asfaltado, un par de garajes sencillos y fríos. Construidos entre las décadas de los 40 y los 50, estos edificios fueron ampliados de forma dispar durante los 70, para acabar siendo abandonados hace 20 años. Más recientemente, una compañía de la construcción los usó como lugar para los desechos, y los llenó de residuos: tuberías oxidadas sobresalían de las paredes de los garajes, se acumulaban listones de madera sobrantes con los bordes carcomidos, escombros de cemento de aspecto posapocalíptico…

La casa de Andrea Tognon en Milán
Frescura. En el garaje que sirve como salón al aire libre, una mesa hecha de materiales que Tognon prueba para sus proyectos.

Tognon retiró toda la chatarra, pero no sintió la necesidad de deshacerse de todo. Dejó muchos de los elementos en desuso en los garajes. Mantuvo el patio como lo encontró, salpicado de pequeñas grietas en las que las plantas habían echado raíces, y mantuvo las paredes, al contrario de lo que probablemente habrían hecho otros arquitectos: tirarlas y abrir el espacio como si de un loft se tratase. En general, vivió en el lugar tal y como se lo encontró, preparando café en su cafetera italiana en la pequeña cocina, trabajando en sus diseños, sentándose en el patio y escuchando el entorno. Hace tiempo había asumido que el espacio perfecto para él tenía que ser “un cruce entre los estilos de Frank Lloyd Wright y Mies van der Rohe con un toque de Le Corbusier y un destello de Louis Kahn”, pero no sintió que este sitio debiese ser así. “Tienes que dejar que el lugar te diga lo que necesita hacerse”, explica. “Y a veces lleva un tiempo. Eso saca de quicio a mucha gente”.

Para tener claro cómo proceder, Tognon usó una técnica propia que lleva usando desde su niñez, un ritual tanto estético como terapéutico, consistente en amontonar. Apilar unas cosas sobre otras, jugar con los contrastes y el equilibrio, siempre le ha ayudado a aclarar sus ideas. Primero, cogió 20 “muestras” de cemento, de unos 232 centímetros cuadrados, que la compañía de construcción dejó amontonados –por ley, deben conservar uno de cada proyecto para demostrar que el material es de alta calidad para el trabajo– y los colocó espaciados entre sí a una distancia similar en el patio. Sobre ellos colocó montones de piedras homogéneas que había ido coleccionando durante años; el efecto recuerda a una escultura de Carl Andre suspendida en un jardín japonés. Después, plantó suculentas y cactus ásperos y parecidos a obras de Alberto Giacometti en macetas de cemento diseñadas por él que se asemejan a tuercas y tornillos de gran tamaño en descomposición. Ahora, siete años después, un olmo frondoso de 7,5 metros se eleva desde una grieta en el centro del asfalto; era un retoño cuando él entró a vivir. “Simplemente eché posos de café y creció”, cuenta. “Para mí, esto significa que lo que se supone que debe sobrevivir, sobrevivirá”.

La casa de Andrea Tognon en Milán
Un aplique de Tognon al lado de una banqueta hecha con capas de fieltro industrial.

Según la propiedad le “decía” lo que tenía que hacer, quedó claro que uno de los garajes debería servir de estudio. Ahora, media docena de diseñadores se sientan frente a sus ordenadores en plataformas de cemento bajo las que Tognon ha instalado tuberías de agua caliente que mantienen el espacio a temperatura agradable en invierno, y trabajan en proyectos como la nueva flagship de Jil Sander en Tokio, las oficinas centrales de Omega a las afueras de Berna y una serie de apliques hechos con tubos de metal y malla. El otro garaje funciona como salón y zona de conferencias al aire libre, con mesas y plataformas para sentarse elaboradas con las tuberías de metal y los listones de madera desechados, y cubiertas con badanas. Alrededor se encuentran pilas de un equilibrio más delicado que parecen naturalezas muertas. Se trata de materiales que considera para otros proyectos: poliestireno negro con resina blanquecina sostienen sobre sí un cubo diminuto de sodalita de un azul intenso y losas pulidas de ónix y jade, todos ellos apoyados contra un bloque de hormigón azul verdoso.

A Tognon nunca le había interesado demasiado el color –normalmente le valían los tonos naturales y sutiles de las piedras–, pero en Bicocca comenzó a experimentar. Cuando adquirió la propiedad, el exterior del edificio de oficinas era de un gris mohoso, pero una tarde de 2011, mientras se preparaba para la primera visita de unos ejecutivos de Max Mara, decidió que era hora de que el lugar tuviese un aspecto más presentable y lo pintó de color carbón en un día. Dentro, dejó de arrancar el vinilo marrón apagado y de tacto rugoso que cubría las paredes y lo pintó también, esta vez en colores pastel. El resultado remite a las superficies en mármol rosa pálido y verde claro que creó para Céline y que suponen ya todo un distintivo para la firma.

La casa de Andrea Tognon en Milán
Coleccionista. Los montones de materiales con los que Tognon experimenta, como mármol y metal, se almacenan formando retablos en estanterías. La ventana da al patio, lleno de vegetación.

Aunque ahora hay tres pequeñas habitaciones en el segundo piso (en la que duerme hay poco más que un colchón y una silla de cemento diseñada por él), su hogar tiene todavía poco de convencional: en la primera planta, donde antes se sentaban los directores y las secretarias, en lugar de un salón, sobre las mesas se aprecian los montones de materiales parecidos a retablos. En una larga estantería se aprecia una mezcla de objetos propios del diseñador: fotos antiguas que se ha encontrado y esculturas que Tognon hizo de niño. Una pintura al óleo de un paisaje, pequeña y antigua, cuelga sobre una pared. Cubrió la mayor parte de este lienzo con una muestra de alfombra en color rosa, inspirado por un poema del filósofo Giacomo Leopardi que trata sobre cómo el secretismo incita a la imaginación. Los estantes los ha sujetado por los lados con cinta de embalar fluorescente (rosa intenso y verde amarillento). Cuando tiene invitados, “nos reunimos en los pasillos”, cuenta, equipados con banquetas minimalistas elaboradas con capas de fieltro, excedentes de otros trabajos.

Tan tranquilo, exuberante e independiente es el lugar que a veces Tognon no sale de allí en días o incluso semanas. Muchos domingos se le puede encontrar cerca del gran árbol, en uno de sus sillones de cemento tomando el sol milanés, con un espresso en equilibrio sobre una piedra a su lado, dibujando nuevos diseños en un libro encuadernado en tela. “La belleza de todo esto radica en que te empiezas a adaptar al lugar, y este te cambia. Quizás incluso te cambia más a ti de lo que tú le cambias”.

La casa de Andrea Tognon en Milán
Vistas singulares. La habitación del arquitecto da al tejado de metal de uno de los garajes y a una higuera.

Fotografía Mikael Olsson