El más allá secreto de Mike Kelley

El sueño del artista de una galería móvil, una réplica de la casa de su infancia, es todo un regalo para Detroit. Pero aún más fascinante es lo que yace debajo. Conoce la apasionante historia de esta artista.

Compartir
Casa de Mike Kelley.

El sueño del artista de una galería móvil, una réplica de la casa de su infancia, es todo un regalo para Detroit. Pero aún más fascinante es lo que yace debajo. 

Detrás del museo de arte  Contemporáneo de Detroit, justo al lado del aparcamiento de gravilla, hay una zona cubierta de césped donde se aprecia una reluciente casa blanca con hechuras de rancho. Su arquitectura es más bien genérica, al igual que la de las otras muchas casas esparcidas por esta parte de Michigan. Y casualmente, también resulta ser una obra de arte: se trata de Mobile Homestead (Casa portátil), la última y más importante obra creada por el artista Mike Kelley. Es una recreación a escala de la casa donde Kelley se crió en Westland, un suburbio a 30 minutos de Detroit, abierta al público como parte de una exposición a cargo del museo. Sin embargo, lo llamativo y pocas veces visto de esta casa es justo lo que yace bajo sus cimientos: una laberíntica madriguera subterránea, también llamada, sutilmente, “el sótano”. Kelley tenía planeado usarla como un espacio de pruebas antes de su posterior suicidio en 2012.

Sus admiradores aún hablan de su fallecimiento con un gran dolor. “A pesar de su aparente inseguridad, era un hombre con mucha presencia”, me contó su amigo, el músico Kim Gordon. Kelley se definía a sí mismo como un “obrero anarquista” y solía citar a Iggy Pop y a Sun Ra como sus principales influencias. Su huella ha sido amplia, profunda y, quizás, incluso inesperada. El asunto central de la obra de Kelley tuvo que ver con personajes marginales: conserjes, figuras de cómic o adolescentes solitarios. Su trabajo puede ubicarse en alguna parte entre el arte conceptual, la cultura pop y los recuerdos vagos de una infancia en el seno de una familia obrera. Le atraían, como dijo una vez, “los lugares que la mayoría de la gente evitaría por ser asquerosos y desagradables”.

Casa de Mike Kelley.

En varios sentidos, Mobile Homestead fue la culminación de su singular trayectoria artística. Desde su concepción, Kelley vio dos partes bien diferenciadas de un mismo proyecto: una pública y otra privada (esta con el sótano al que solo podrían acceder sus amigos y otros artistas). La idea era crear algo orientado a ofrecer un servicio comunitario y, al mismo tiempo, que fuese inaccesible para la comunidad.

Mobile Homestead abrió finalmente en 2013. Conforme al deseo de Kelley, aquel lugar se convirtió rápidamente en un ayuntamiento oficioso para albergar de todo: desde donaciones de libros hasta reuniones de alcohólicos anónimos, pasando por talleres de desintoxicación y por charlas de abogados sobre cómo conseguir un préstamo inmobiliario. Durante las elecciones presidenciales del 2016 tuvieron lugar debates en el garaje mientras los asistentes intercambiaban opiniones en la rampa de entrada. Las paredes, por su parte, estaban decoradas con recuerdos y antigüedades políticas que pertenecían al coleccionista Morry ‘Hombre botón’ Greener. En este sentido, el sótano de la casa cumplía la función para la que Kelley lo había diseñado, ya que solo habría de utilizarse, en palabras del artista, “para rituales privados de naturaleza estética”; era, en realidad, un espacio antisocial dentro de una obra pública.

Casa de Mike Kelley.

Cary Loren, un viejo amigo de Kelley, es el verdadero centinela de la guarida subterránea de la casa, el “comisario del sótano”, en palabras de Elysia Borowy-Reeder, directora ejecutiva de MOCAD. Conocí a Loren una tarde de febrero en una librería de la que era copropietario, en un centro comercial del barrio de Oak Park. Loren y Kelley fundaron el influyente grupo de música Destroy All Monsters junto con el artista Jim Shaw y la cantante Niagara en 1973, cuando todos ellos estudiaban en la Universidad de Míchigan (por aquel entonces, Shaw y Kelley vivían juntos en una casa de Ann Arbor llamada “El oasis de Dios”; la habitación de Kelley, que el grupo utilizaba también para sus ensayos, estaba –dónde si no– en el sótano). Desde la muerte de su amigo, Loren ha ayudado a supervisar Mobile Homestead y ha sugerido la celebración de algunas exposiciones en la casa; también ha colaborado en la selección de los pocos artistas a los que se ha permitido trabajar, en secreto, bajo tierra. Llamar a este lugar “sótano” no sería lo más adecuado, ya que es, más bien, una especie de escultura habitable con un complejo laberinto de túneles, escaleras y cuartuchos.

Casa de Mike Kelley.

Ya en los años noventa, Loren y Kelley empezaron a plantearse comprar el inmueble para convertirlo en un refugio de artistas. En aquella época, Kelley, que había dejado Detroit en 1976 para estudiar en el CalArts de Valencia, estaba considerado como la quintaesencia del arte de la Costa Oeste, aunque en realidad siempre le fuera fiel a Míchigan. “Mike tenía esta idea de comprar su hogar de la infancia”, dijo Loren, y hacer de él la casa de un grupo de música con túneles subterráneos. Estos túneles, como los describió Kelley en 2010, “escarbaban hasta los espacios privados de otras personas”. Aquello, que no era más que una idea irrealizable, fue algo que no obstante el artista siempre persiguió. Y siempre que Kelley pasaba por Míchigan, decía Loren, “nos parábamos delante de su casa, entraba en ella chequera en mano e intentaba comprársela al dueño de turno, que nunca se la quería vender”.

KELLEY nació eN 1954 en una familia católica de clase trabajadora. El artista John Miller, un compañero de clase del CalArts que ha escrito bastante sobre Kelley, atribuye el interés de este por las habitaciones secretas al empleo de su padre, conserje en una escuela pública. En una ocasión, Kelley contó cómo el trabajo de su padre le dio acceso a “las entrañas de lugares ocultos” como la sala de calderas y los armarios de mantenimiento de edificios públicos. Y Kelley intentó revivir en gran parte de su obra la tensión entre lo visible y lo invisible, entre lo consciente y lo inconsciente. El precedente más importante al Mobile Homestead fue su ejemplar de complejo arquitectónico construido en 1995, Educational Complex, un tablero donde se representaba el hogar de la infancia de Kelley junto a todos los colegios a los que fue. Kelley afirmaba, y quizá mentía al hacerlo, que la mayoría se le había borrado de la memoria, ya que como él mismo decía “el 80 por ciento de estos edificios en los que he pasado la mayor parte de mi vida eran el hogar de traumas reprimidos”. Los lapsus de memoria fueron modus operandi en su vida: un método más que visible en el interior austero y anodino de su obra final.

Casa de Mike Kelley.

Como edificio, Mobile Homestead  –arriba y a la derecha– aúna los diferentes matices de la trayectoria de Kelley, entre los que se incluyen su obsesión por el aislamiento y la soledad, por la domesticidad y las estructuras familiares (también la oscuridad reprimida y oculta de un supuesto hogar feliz). Lo único que la gente sabe acerca de este lugar, ya que jamás se ha publicado ninguna foto de él, es que se entra a través de una de las dos trampillas que hay: una dentro de la casa y otra fuera, en la entrada. Además, el hecho de que el sótano sea prácticamente invisible no hace sino aumentar su atractivo, pues vierte sobre la casa toda una serie de preguntas sin respuestas. Si un artista crea un intrincado estudio subterráneo bajo una réplica del hogar de su infancia y, virtualmente, nadie es capaz de verlo, ¿existe realmente? ¿Para quién es? ¿Para qué es?

Artangel, la organización sin ánimo de lucro y con sede en Londres que fundó Mobile Homestead, le planteó a Kelley la idea de llevar a cabo un proyecto artístico de índole pública. Con el paso de los años, a Kelley le surgieron dudas de si el proyecto podría llegar a terminarse, según cuentan personas que participaron en él, pues había demasiados flecos sueltos. Con todo, siguió trabajando en él hasta que se suicidó. Y a pesar del sentimiento intrínseco y personal del proyecto, Kelley no quiso que su obra se convirtiese en un homenaje a su persona, por lo que pidió que no se exhibiese su obra en el interior.

Casa de Mike Kelley.

una vez acabado el sótano tras la muerte de Kelley, lo primero que hizo Loren fue cubrir una pared con material gráfico de Destroy All Monsters. A esto le siguió una especie de “bautismo” realizado por Loren y Shaw, quienes grabaron algunas canciones en el lugar, entre las que destacó una versión demencial de Lonely Street de Andy Williams. Desde entonces, Loren ha invitado a los amigos de Kelley al sótano, incluido el artista Paul McCarthy y al único grupo para el que toca, Extended Organ (que además actuó en una de las habitaciones). “No puedo decir que sea acogedor”, comentó McCarthy sobre el lugar, “me gusta, pero no lo es. No creo que se hiciese para ser acogedor”. McCarthy quedó tan sorprendido como los demás ante la existencia del sótano: “Jamás supe que lo estaba haciendo hasta, literalmente, el día de su homenaje, cuando ya no estaba”.

MOCAD y la Fundación para el Arte Mike Kelley cuentan con una estricta política sobre la conservación de la privacidad del sótano. Se debe al deseo de Kelley de que “la zona subterránea no esté abierta al público y que las obras de arte que se realicen dentro de ella se presenten en cualquier otro lugar, o no se presenten”. Uno no puede simplemente entrar en el MOCAD y pedir verlo. ¿Quién lo querría? Amy Corle, la comisaria del museo y encargada de programación de Mobile Homestead, me confesó que no era extraño sentir miedo ante la trampilla situada en lo que habría sido el armario del cuarto de la infancia de Kelley: “Mucha gente piensa que quiere bajar –dijo – “pero luego miran y se echan atrás”.

Casa de Mike Kelley.

Es una reacción comprensible. Una escalera tosca y destartalada lleva a una habitación de hormigón donde se encuentra otra escalera que conduce aún más abajo. Allí se encuentra un pasillo que termina en unas escaleras que suben mediante túneles que conectan diferentes habitaciones entre sí. Algunas de estas cámaras tienen techos muy bajos con los que un adulto de estatura media se chocaría si se pusiese de pie. Y allí, la luz proviene de unas bombillas pequeñas y fluorescentes –confinadas en una especie de jaula– como las que se encuentran en los submarinos. Uno de los túneles conduce al lugar donde Paul McCarthy tocó con Extende Organ, y está decorado con adornos baratos de Halloween. En otra sala, Loren colocó un cartel que rezaba “El Oasis de Dios”. En algún otro sitio, guardó parte de las cenizas de Kelley.

El lugar resulta claustrofóbico e improbablemente amplio; el pánico se puede desatar aquí rápidamente. Mirar de pie en la oscuridad dentro de uno de los túneles hormigonados de Kelley, a unos 12 metros bajo tierra y ante una visión profundamente negra, es algo que a uno le ayuda a pensar en casa.

Casa de Mike Kelley.

FOTOGRAFIA: NICHOLAS CALCOTT