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Corrección al desnudo

La petición de retirada de una obra de Balthus es solo el último episodio de la eterna lucha entre el arte y la libertad de expresión.

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A finales del mes de diciembre del pasado año, el Museo Metropolitano de Nueva York decidía hacer oídos sordos a la petición que una ciudadana lanzaba el 30 de noviembre para retirar la obra Teresa soñando (1938), un trabajo de Balthus que pertenecía a la colección privada de Jacques y Natasha Gelman, y que ya había sido mostrado en numerosas ocasiones sin haber recibido ningún requerimiento de este tipo.

Pero, ¿qué es lo que impulsaba esta petición? ¿Qué es lo que molestaba a esta ciudadana en cuestión, que lanzaba esta campaña con el objetivo de que si llegaba a 9.000 firmas, el MET debería retirar el cuadro de Balthus? En sus propias palabras “el MET está, sin intención, respaldando el voyerismo y la cosificación de los niños”.

Si no hay intención de dañar, es que la intención está en otro lugar. Quizás fuera de la institución, quizás fuera de la obra de Balthus, quizás más allá del discurso curatorial, quizás en los fantasmas de esa biempensante ciudadana, que amparándose bajo los escuálidos límites de lo políticamente correcto y el fascismo inherente a esa cuestión que denominamos como “público en general” se veía empoderada, para al igual que muchos años antes hicieran los nazis, hacer de Balthus un artista degenerado, y con él gran parte de la historia del arte del siglo XX.

El episodio en cuestión no dejaría de ser un acto sin importancia si no se hubieran producido a lo largo del año pasado otros, en los que las obras de algunos artistas se han visto expuestas a la palestra de opinión, aduciendo cuestiones como la ofensa, la incitación o el escándalo.

Balthus
Teresa soñando (1938), la obra de Balthus que ha despertado la polémica sobre la corrección política en el mundo del arte. Cortesía de Scala Archives.

Han pasado ya casi 30 años del caso del político Jesse Helms vs. el fotógrafo Robert Mapplethorpe, pero el fantasma de las guerras culturales parece querer borrar de nuevo cualquier imagen que pueda provocar deseo, valiéndose de esas tácticas micropolíticas de fascismo de las que ya nos hablaba Félix Guattari en La revolución molecular: “Se exige siempre a los sujetos que no se desvíen del tema y que sigan el hilo. Sin embargo, el deseo, por su misma naturaleza, tiende siempre a salirse de la cuestión y desviarse”, pronunció.

Pero sin desviarnos del tema y sin perder el hilo de esta cuestión, ya decíamos que el episodio contra el cuadro de Balthus no ha sido un hecho aislado en el 2017, sino que se ha visto acompañado por otros capítulos en los que el arte contemporáneo ha vuelto a ser el objetivo en la diana.

En diciembre del pasado año, viajando en el metro de Londres, me sorprendía con uno de estos casos. En los espacios publicitarios de las paradas de metro aparecían tres imágenes del pintor austriaco Egon Schiele, dos masculinas y una central femenina anunciando la exposición monográfica que tendrá lugar en Viena con motivo del centenario de su fallecimiento.

Más allá de sorprenderme por ver los tortuosos cuerpos de Schiele en los espacios publicitarios del metro, la sorpresa e indignación era el banner de color blanco que recorría las tres imágenes en el cual se podía leer la frase: “Sorry, 100 years old but still too daring today” (“Lo siento, 100 años de antigüedad pero todavía hoy soy demasiado atrevido”).

“Transport for London rechazó exhibir los carteles con las obras originales aún cuando los genitales estuvieran pixelados”, según declaraba a la prensa Helena Hartlauer, portavoz de la Junta de Turismo de Viena, promotora de la campaña publicitaria de la exposición “Egon Schiele. Expression and Lyricism” que abre en febrero del 2018 en el Museo Leopold de Viena, en el contexto de un amplio programa de actividades que celebran la Viena de 1900 a partir de exposiciones de artistas como Gustav Klimt, Koloman Moser y Otto Wagner, entre otros.

Ante la negativa de mostrar las obras al desnudo, casi como si de un paño de pureza en una imagen religiosa se tratase o como aquellas veladuras que el Papa Pío IV ordenó pintar a Danielle di Volterra en los frescos de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel para cubrir los desnudos de algunas figuras, el banner blanco aparecía acompañado por el hashtag #ToArtItsFreedom, en alusión al lema que aparece en el frontal de la fachada de la Secesión vienesa, “Der zeit ire kunst/Der kunst ire freiheit” (“A cada tiempo su arte, y a cada arte su libertad”).

Pero parece que para el arte de nuestro tiempo no corren propicios momentos de libertad, y no sólo han sido cuestiones como el desnudo las que han suscitado polémicas a lo largo del 2017, tal y como pudimos ver en nuestro país con la campaña de desprestigio que la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Málaga inició contra la exposición del artista Santiago Ydañez, El corazón manda, en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga.

Seguramente sería el corazón y no la cabeza lo que hizo que la representante de la Protectora de Animales de Málaga dijese que en la exposición “se hacía publicidad de la explotación sexual de animales”. Retratos, animales, disecciones, taxidermias, relecturas de la historia y escenas soft-porn (tal y como aparece en el texto de presentación de la exposición) le servían una vez más a Santiago Ydañez para plantear un discurso complejo y ambiguo, que se presta a infinitos niveles de lectura, pero que no hace apología de la zoofilia, ni de cualquier otro delito tipificado en nuestro código penal.

Si así fuera, si presentar una relación entre un animal y un ser humano fuese incitación al delito, tendríamos que empezar a pensar qué podemos hacer con las representaciones de El Rapto de Europa que ocupan los museos de medio mundo. Qué hacemos con Leda y el cisne, ¿retiramos Saturno devorando a su hijo [de Goya] por incitación al infanticidio? ¿Qué hacemos con Judith y Holofernes, las retiramos por cuestión de violencia de género?

Warhol y los Thirteen most wanted men, Andrés Serrano y su Piss Christ, Chris Burden y Dead man, o Sally Mann con las fotografías de sus hijos desnudos en la serie Immediate Family nos deberían haber enseñado que es extremadamente frágil el límite que separa la corrección política de la censura y la libertad de expresión del delito.